El ejercicio y la enfermedad crónica no son conceptos incompatibles. Tener una enfermedad crónica no significa necesariamente renunciar al running ni al deporte. De hecho, en muchas patologías, mantenerse físicamente activo forma parte del propio tratamiento y puede contribuir a mejorar la salud cardiovascular, metabólica y la calidad de vida.
Pero una cosa es hacer ejercicio y otra entrenar sin tener en cuenta las características de nuestra enfermedad o de la medicación que tomamos.
Para una persona con hipertensión, diabetes o una enfermedad cardiovascular, la pregunta no debería ser solamente «¿puedo correr?», sino también «¿cómo debo hacerlo de forma segura?».
La respuesta dependerá de la enfermedad, de su grado de control, del tratamiento y del tipo e intensidad del ejercicio que queramos realizar.
¿Es seguro entrenar con una enfermedad crónica?
En muchos casos, sí.
Pero comenzar a entrenar, volver al ejercicio después de un periodo de inactividad o aumentar considerablemente la intensidad requiere valorar previamente la situación individual.
Si la enfermedad ha sido diagnosticada recientemente, no está bien controlada, existen complicaciones o queremos pasar de una actividad moderada a entrenamientos exigentes, es especialmente importante consultar con el médico antes de realizar ese cambio.
Si además estás retomando el running después de un periodo de inactividad, te recomendamos consultar nuestra guía sobre cómo volver a entrenar de forma progresiva y segura.
En algunas personas será necesaria una valoración cardiovascular específica o una prueba de esfuerzo. No significa que el deporte esté prohibido: significa que necesitamos conocer cuáles son los límites y las condiciones de seguridad antes de exigirle más al organismo.

El objetivo no es poner barreras al ejercicio, sino conseguir que el entrenamiento se adapte a la persona y no al contrario.
Correr con hipertensión: ejercicio sí, pero con control
La hipertensión arterial es una de las enfermedades crónicas más frecuentes y el ejercicio físico regular forma parte de las medidas recomendadas para prevenirla y ayudar a controlarla.

Para un runner con hipertensión, la regularidad suele ser más importante que buscar constantemente intensidades máximas. El entrenamiento debe adaptarse a la situación cardiovascular y al nivel de condición física de cada persona.
Además, hay un aspecto que a veces pasa desapercibido: la medicación también puede modificar la respuesta del organismo durante el ejercicio.
Por ejemplo, los betabloqueantes reducen la frecuencia cardíaca y pueden hacer que las pulsaciones no aumenten durante el esfuerzo de la misma manera que en una persona que no los toma. Por eso, utilizar exclusivamente la frecuencia cardíaca del reloj deportivo para determinar la intensidad puede llevar a interpretaciones erróneas.
En estos casos, la percepción subjetiva del esfuerzo puede ser una herramienta complementaria especialmente útil.
También conviene prestar atención a la hidratación cuando se utilizan determinados medicamentos, como algunos diuréticos, especialmente durante entrenamientos prolongados, con temperaturas elevadas o en condiciones de mucha sudoración.
Además, algunos medicamentos pueden modificar la capacidad del organismo para responder al calor durante el ejercicio. Si entrenas con temperaturas elevadas, te recomendamos leer nuestro artículo sobre los fármacos que pueden aumentar el riesgo de golpe de calor al correr.
Esto no significa modificar la medicación ni aumentar por cuenta propia la cantidad de agua o sales que se toman. Significa conocer cómo puede influir el tratamiento en nuestra respuesta al ejercicio y consultar las dudas con los profesionales sanitarios.
Diabetes y running: atención especial a la glucosa
El ejercicio puede ser una excelente herramienta para las personas con diabetes, pero la respuesta de la glucosa al entrenamiento no siempre es predecible.
En personas con diabetes tipo 1 y en aquellas con diabetes tipo 2 que utilizan insulina o determinados medicamentos que pueden provocar hipoglucemia, el ejercicio puede producir una bajada de glucosa durante la actividad o incluso varias horas después de haber terminado.
Por eso, aprender cómo responde nuestro organismo al entrenamiento es fundamental.
Dependiendo del tratamiento, del tipo de ejercicio, de su duración, de la intensidad y del momento del día, puede ser necesario controlar la glucosa antes, durante y después de la actividad.
También es recomendable disponer de una fuente de hidratos de carbono de absorción rápida cuando exista riesgo de hipoglucemia.
No existe una estrategia idéntica para todas las personas con diabetes. Las modificaciones de la alimentación o de las dosis de insulina y otros medicamentos deben individualizarse y realizarse siguiendo las indicaciones del equipo sanitario.
Además, el cuidado de los pies adquiere especial importancia. El calzado adecuado y la revisión habitual de los pies ayudan a detectar rozaduras, ampollas o lesiones que podrían pasar inadvertidas, especialmente cuando existen neuropatía u otras complicaciones de la diabetes.
Cardiopatías: cuando entrenar requiere una planificación individualizada
Aquí es especialmente importante evitar los consejos generales.
No todas las cardiopatías son iguales y tampoco todas las personas tienen las mismas limitaciones.
Una persona con una enfermedad cardiovascular estable puede beneficiarse del ejercicio, pero la intensidad, el tipo de actividad y la progresión deben adaptarse a su situación clínica y a las indicaciones de su cardiólogo.
En determinados casos, la rehabilitación cardíaca constituye precisamente una herramienta para recuperar o mejorar la capacidad funcional mediante ejercicio supervisado y educación sobre hábitos saludables.
Por eso, antes de comenzar a correr o de aumentar considerablemente la intensidad del entrenamiento, puede ser necesaria una valoración cardiovascular y, cuando esté indicada, una prueba de esfuerzo.
También hay que tener en cuenta la medicación.
Los betabloqueantes, por ejemplo, pueden modificar la respuesta de la frecuencia cardíaca al ejercicio. En estos casos, las pulsaciones registradas por el reloj no deberían interpretarse de forma aislada: es necesario conocer las indicaciones establecidas por el profesional sanitario y aprender a reconocer la intensidad del esfuerzo.
¿Cuándo hay que parar?
Hay síntomas que no deben interpretarse como «falta de entrenamiento» ni como algo que haya que superar para terminar la sesión.
Si durante el ejercicio aparece:
- Dolor, presión u opresión en el pecho.
- Falta de aire intensa o desproporcionada respecto al esfuerzo.
- Mareo importante o sensación de desmayo.
- Palpitaciones acompañadas de malestar, mareo o dolor.
- Sudoración fría asociada a otros síntomas.
- Debilidad repentina o un empeoramiento claro del estado general.
Cuando el entrenamiento se realiza con temperaturas elevadas, algunos síntomas pueden estar relacionados también con problemas derivados del calor. Es importante conocer las diferencias y saber cuándo detenerse.
Lo adecuado es detener la actividad y valorar la situación médicamente.
En presencia de síntomas graves o persistentes, debe solicitarse atención sanitaria urgente.
La medicación también forma parte del entrenamiento
Para una persona que practica running y tiene una enfermedad crónica, conocer su medicación es tan importante como conocer sus ritmos de entrenamiento.
Algunos medicamentos pueden modificar la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la respuesta de la glucosa, la hidratación o la tolerancia al ejercicio.
Por eso, el farmacéutico puede desempeñar un papel importante en la educación sanitaria del deportista: explicar para qué sirve cada medicamento, qué efectos pueden ser relevantes durante el ejercicio, qué señales deben vigilarse y qué dudas deben trasladarse al médico.
Pero hay una regla fundamental:
Nunca se debe modificar, suspender o retrasar una medicación para intentar rendir más durante un entrenamiento o una carrera.
Si el tratamiento interfiere con la práctica deportiva o existen dudas sobre el momento de administración, la solución debe buscarse junto con el profesional sanitario, no mediante cambios realizados por cuenta propia.
Cinco claves para entrenar con una enfermedad crónica
1. Conoce tu enfermedad.
No entrenes aplicando las mismas reglas que utiliza otra persona. Tu diagnóstico, tratamiento y condición física importan.
2. Revisa tu situación antes de aumentar la intensidad.
Especialmente si el diagnóstico es reciente, la enfermedad no está bien controlada o llevas tiempo sin hacer ejercicio.
3. Conoce el efecto de tu medicación sobre el ejercicio.
Pregunta a tu médico o farmacéutico qué aspectos debes vigilar durante el entrenamiento.
4. Progresa poco a poco.
Aumentar gradualmente el volumen y la intensidad permite comprobar cómo responde el organismo. La progresión del entrenamiento es importante, pero también lo son todos los hábitos que forman parte del llamado entrenamiento invisible: descanso, alimentación y recuperación.
5. Aprende a reconocer las señales de alarma.
El cansancio después de entrenar puede ser normal. El dolor torácico, un mareo intenso o una falta de aire desproporcionada no deben normalizarse.
Enfermedad crónica y deporte: una combinación posible
Tener hipertensión, diabetes o una enfermedad cardiovascular no significa automáticamente tener que abandonar el deporte.
Significa que el ejercicio debe plantearse de una manera individualizada y segura.
La clave está en conocer la enfermedad, entender el tratamiento y saber qué respuesta podemos esperar durante el ejercicio.
Y aquí la coordinación entre profesionales sanitarios resulta especialmente importante. Médico, enfermería, farmacéutico, cardiólogo, especialista en ejercicio y el propio deportista pueden formar parte de una misma estrategia para conseguir que la actividad física sea una herramienta de salud y no una fuente innecesaria de riesgos.
Porque vivir con una enfermedad crónica y hacer deporte no son conceptos incompatibles.
Entrenar con información también es entrenar mejor.
RELACIONADO
Vivir con una enfermedad crónica no está reñido con el deporte, ni siquiera al más alto nivel. Un ejemplo es el de la nadadora estadounidense Dana Vollmer, campeona olímpica, que compitió después de haber sido diagnosticada en su adolescencia con una afección cardíaca.
Fagor Healthcare aborda este caso en su artículo «Ser deportista de élite y enfermo crónico», donde explica cómo una enfermedad crónica no tiene por qué impedir alcanzar objetivos deportivos de alto nivel. También puedes consultar su articulo «Personas mayores y ejercicio«.
Fuentes de referencia
- American Heart Association / ACC. Guía 2025 para la prevención, detección, evaluación y tratamiento de la hipertensión arterial en adultos.
- American Diabetes Association. Standards of Care in Diabetes—2026. Apartado sobre actividad física y ejercicio.
- European Society of Cardiology. Guías 2026 sobre rehabilitación cardíaca.





































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