Menopausia y running: claves para adaptar tu entrenamiento

Menopausia y running: cómo adaptar tu entrenamiento a esta nueva etapa

Mujer de más de 50 años corriendo al aire libre durante la menopausia

Si llevas años corriendo, probablemente hayas pasado por momentos en los que tu cuerpo respondía de una determinada manera al entrenamiento y sabías perfectamente qué esperar de él. Pero llega un momento en el que algo cambia.

En Farmarunning ya hemos hablado de los beneficios del ejercicio durante la menopausia. Pero una cosa es hablar de actividad física en general y otra muy distinta es preguntarnos qué ocurre cuando una mujer que corre habitualmente atraviesa esta etapa. ¿Hay que modificar los entrenamientos? ¿Qué ocurre con la recuperación? ¿Y con los sofocos, el suelo pélvico o la fuerza? En este artículo nos centramos precisamente en esa relación entre menopausia y running.

Quizá un entrenamiento que antes hacías sin problemas ahora te deja más cansada. Tal vez duermes peor, notas más calor mientras corres, necesitas más tiempo para recuperarte o tienes la sensación de que tu rendimiento ya no responde igual.

Y entonces aparece una pregunta bastante habitual entre las corredoras:

¿Es la menopausia la que está haciendo que me cueste más correr?

La respuesta no es tan sencilla como decir que la menopausia empeora automáticamente el rendimiento. Pero sí es cierto que la transición hacia la menopausia puede producir cambios que afectan al descanso, la recuperación, la composición corporal, la termorregulación, la salud ósea, el suelo pélvico y la percepción del esfuerzo.

Por eso, más que dejar de correr o asumir que necesariamente tienes que entrenar menos, lo importante es aprender a adaptar el entrenamiento a tu nueva situación.

Y esto puede empezar incluso antes de que llegue la menopausia.

Perimenopausia y menopausia: no es lo mismo

Cuando hablamos de menopausia muchas veces imaginamos un momento concreto. Sin embargo, el proceso es más amplio.

La perimenopausia es la etapa de transición en la que comienzan a producirse cambios hormonales y pueden aparecer alteraciones del ciclo menstrual y síntomas como sofocos, cambios en el sueño, modificaciones del estado de ánimo o mayor sensación de cansancio.

La menopausia se establece cuando han transcurrido 12 meses consecutivos sin menstruación. A partir de entonces comienza la etapa posmenopáusica.

Para una corredora, esto es importante porque los cambios pueden empezar a notarse antes de que desaparezca definitivamente la menstruación.

Es decir, si llevas un tiempo preguntándote por qué algunos entrenamientos te cuestan más, por qué duermes peor o por qué necesitas más recuperación, no siempre tienes que esperar a que llegue la menopausia para prestar atención a estos cambios.

¿Por qué correr puede sentirse diferente durante la menopausia?

Correr sigue siendo correr. Lo que puede cambiar es la respuesta de tu organismo.

Los cambios hormonales propios de esta etapa pueden coincidir con modificaciones en el sueño, la temperatura corporal, la composición corporal y la recuperación. Y todos estos factores tienen una relación directa con cómo afrontamos el entrenamiento.

Por ejemplo, dormir mal una noche puede hacer que un rodaje aparentemente sencillo se perciba mucho más duro. Si además acumulas varias noches de descanso deficiente, la recuperación entre entrenamientos puede verse comprometida.

Corredora de más de 50 años adaptando su entrenamiento durante la menopausia

También pueden aparecer sofocos o una mayor dificultad para tolerar el calor. Para una corredora esto es especialmente relevante, porque correr ya supone una producción importante de calor corporal.

Y hay otro aspecto que a veces pasa desapercibido: la percepción del esfuerzo puede cambiar.

No significa necesariamente que hayas perdido toda tu capacidad para correr. Significa que quizá el entrenamiento que antes encajaba perfectamente con tu capacidad de recuperación ya no sea la mejor opción todos los días.

Por eso, durante esta etapa tiene mucho sentido dejar de pensar únicamente en kilómetros, ritmos y tiempos y empezar a observar también cómo estás llegando a cada entrenamiento.

Menopausia no significa dejar de correr

Este es probablemente el mensaje más importante.

La menopausia no es una contraindicación para correr.

De hecho, mantener una vida físicamente activa puede aportar numerosos beneficios durante esta etapa. El ejercicio contribuye al mantenimiento de la salud cardiovascular, ayuda a preservar la masa muscular, favorece la salud ósea y puede mejorar aspectos como el sueño y el bienestar psicológico.

Pero correr no debería ser la única herramienta.

Una corredora puede tener una planificación perfecta de kilómetros y series y, sin embargo, estar dejando de lado uno de los elementos más importantes para mantenerse activa con el paso de los años: el entrenamiento de fuerza.

Y aquí está uno de los grandes cambios que merece la pena introducir.

Fuerza: correr no debería ser suficiente

Si has corrido durante años, es posible que hayas dedicado muchísimas horas a correr y muy pocas a levantar peso.

Durante la menopausia, el entrenamiento de fuerza adquiere todavía más importancia.

Mujer corredora de más de 50 años realizando entrenamiento de fuerza durante la menopausia

El objetivo no es convertirte en culturista ni sustituir tus kilómetros por sesiones interminables en el gimnasio. Se trata de proporcionar al músculo y al hueso un estímulo diferente al que proporciona el running.

Trabajar piernas, glúteos, espalda y zona abdominal puede ayudarte a mantener la capacidad funcional, la fuerza y la estabilidad necesarias para seguir corriendo.

Además, el trabajo de fuerza puede formar parte de una estrategia para reducir el riesgo de algunas lesiones relacionadas con la pérdida de fuerza o con una menor capacidad de recuperación.

Por eso, si eres corredora y estás atravesando la menopausia, quizá la pregunta no debería ser “¿tengo que correr menos?”, sino también:

“¿Estoy haciendo suficiente fuerza?”

La salud ósea merece una atención especial

Durante la transición menopáusica y después de ella, la salud ósea adquiere una importancia especial.

El running es una actividad con impacto y, en mujeres sanas, forma parte de las actividades que someten al hueso a carga. Sin embargo, correr por sí solo no garantiza una adecuada salud ósea.

El entrenamiento de fuerza y otros ejercicios adaptados pueden complementar el trabajo cardiovascular.

Además, si existe osteoporosis, osteopenia importante, antecedentes de fracturas por fragilidad u otros factores de riesgo, el planteamiento del ejercicio debe individualizarse.

No se trata de tener miedo al impacto. Se trata de conocer la situación de cada persona y adaptar el entrenamiento cuando sea necesario.

Sofocos, calor y running: escucha a tu cuerpo

Hay corredoras que durante la menopausia empiezan a notar que toleran peor el calor.

Corredora de más de 50 años hidratándose durante un entrenamiento con calor

Un entrenamiento que antes realizaban a una determinada hora puede convertirse en una experiencia completamente diferente cuando aparecen sofocos o una mayor sensibilidad a las temperaturas elevadas.

En estos casos, cambiar el horario de entrenamiento, buscar zonas con sombra, reducir la intensidad cuando las condiciones ambientales lo aconsejen y prestar atención a la hidratación puede marcar una diferencia importante.

Y aquí aparece también un aspecto especialmente interesante desde el punto de vista de la salud: la medicación.

Algunos medicamentos pueden influir en la regulación de la temperatura, la sudoración o la respuesta cardiovascular y, por tanto, pueden aumentar el riesgo asociado al ejercicio con calor.

Por eso, si tomas medicación de forma habitual y notas que toleras peor el calor durante tus entrenamientos, no modifiques ni suspendas ningún tratamiento por tu cuenta. Es mejor consultar con un profesional sanitario.

En Farmarunning hablamos precisamente de la relación entre determinados medicamentos y el riesgo de golpe de calor en corredores en nuestro artículo sobre golpe de calor y medicación.

Recuperar también forma parte del entrenamiento

Durante años se ha transmitido una idea muy sencilla: para mejorar hay que entrenar más.

Pero el entrenamiento no termina cuando paras el reloj.

El descanso, el sueño, la alimentación y la recuperación forman parte del proceso. Y durante la menopausia puede ser especialmente importante prestar atención a estos factores.

Si una semana has dormido mal, estás atravesando una época de mucho estrés y además acumulas entrenamientos intensos, quizá el problema no sea que necesites esforzarte todavía más.

Quizá necesitas recuperar mejor.

Esto es lo que conocemos como entrenamiento invisible: todo aquello que sucede alrededor del entrenamiento y que condiciona nuestra capacidad para adaptarnos a él.

Puedes profundizar en este concepto en nuestro artículo sobre entrenamiento invisible.

¿Y qué ocurre con el suelo pélvico?

Este es otro aspecto que una corredora no debería ignorar.

El impacto repetido del running puede poner a prueba el suelo pélvico y algunas mujeres pueden experimentar pérdidas de orina durante la carrera, al saltar o al realizar determinados esfuerzos.

Mujer corredora realizando ejercicios para cuidar el suelo pélvico durante la menopausia

La menopausia puede añadir otros factores relacionados con los cambios hormonales de esta etapa.

Pero hay algo importante que debemos dejar claro:

tener pérdidas de orina al correr no debería considerarse simplemente “normal porque estás en la menopausia”.

Es un síntoma que merece ser valorado.

El entrenamiento específico del suelo pélvico y, cuando sea necesario, la valoración por fisioterapia especializada pueden ayudar a determinar qué está ocurriendo y qué estrategia es la más adecuada.

En Farmarunning puedes encontrar más información sobre este tema en nuestro artículo sobre deporte e incontinencia urinaria.

Alimentación, hidratación y recuperación: el triángulo que no debes olvidar

Correr durante la menopausia tampoco significa que tengas que hacer una dieta restrictiva para intentar compensar los cambios de peso o de composición corporal.

De hecho, obsesionarse con reducir calorías puede ser contraproducente si al mismo tiempo estamos entrenando.

Una alimentación suficiente y equilibrada debe aportar energía y nutrientes necesarios para entrenar, recuperar y mantener la masa muscular.

La proteína adquiere especial relevancia dentro de una alimentación adecuada, pero también son importantes los hidratos de carbono, las grasas saludables, las vitaminas y los minerales.

Y, por supuesto, la hidratación.

No deberíamos esperar a tener sed intensa para empezar a prestar atención a la hidratación, especialmente cuando entrenamos con temperaturas elevadas o sudamos mucho.

Si quieres profundizar en la alimentación relacionada con el running de resistencia, puedes consultar nuestra guía sobre nutrición en deportes de resistencia.

¿Tengo que correr más despacio después de la menopausia?

No existe una respuesta universal.

No todas las mujeres experimentan los mismos cambios y no todas parten del mismo nivel de entrenamiento, edad, historial deportivo, composición corporal, sueño o estado de salud.

Por eso, no tiene sentido establecer una regla que diga que a partir de determinada edad una mujer debe correr necesariamente a un determinado ritmo.

Puede que tu ritmo cambie.

Puede que necesites más recuperación.

Puede que tus mejores marcas ya no sean las mismas.

Pero también puede ocurrir que sigas disfrutando de entrenamientos exigentes, que mejores en determinadas distancias o que descubras que eres capaz de hacer cosas que nunca habías intentado.

El objetivo no tiene por qué ser correr como cuando tenías 30 años.

El objetivo puede ser seguir corriendo bien con el cuerpo que tienes hoy.

Y eso requiere conocerlo y escucharlo.

Adaptar el entrenamiento no significa renunciar a mejorar

Una de las mayores equivocaciones sería pensar que adaptar el entrenamiento significa bajar los brazos.

No.

Significa entrenar de una forma más inteligente.

Habrá días en los que puedas hacer una sesión intensa y otros en los que un rodaje suave sea la mejor elección. Habrá semanas en las que puedas aumentar la carga y otras en las que necesites reducirla.

También puede ser interesante evitar acumular demasiados estímulos exigentes sin suficiente recuperación.

Y, sobre todo, conviene observar las señales que se repiten.

Una mala sesión aislada no significa nada.

Pero si durante varias semanas notas cansancio persistente, alteraciones importantes del sueño, disminución mantenida del rendimiento, dolor recurrente, pérdidas de orina, mareos, palpitaciones u otros síntomas que te preocupan, merece la pena consultar con un profesional sanitario.

No todo lo que ocurre durante la menopausia debe atribuirse automáticamente a las hormonas.

No compares tu cuerpo actual con el de hace diez años

Quizá esta sea la parte menos relacionada con la fisiología y, al mismo tiempo, una de las más importantes.

Muchas corredoras llegan a la menopausia intentando entrenar exactamente igual que hace diez o quince años.

Y cuando el cuerpo no responde de la misma manera, sienten que han fracasado.

Pero tu cuerpo no tiene por qué responder igual a los 50 que a los 35.

Eso no significa que sea peor.

Significa que es diferente.

Puedes necesitar más recuperación, incorporar fuerza, prestar más atención al sueño o modificar los horarios de entrenamiento. Y todo eso puede formar parte de una evolución deportiva perfectamente válida.

La pregunta no debería ser:

“¿Por qué ya no puedo hacer lo mismo que antes?”

Quizá sea mucho más útil preguntarse:

“¿Qué necesita mi cuerpo ahora para poder seguir corriendo?”

Seis claves para adaptar el entrenamiento de running durante la menopausia

Menopausia y running: una nueva etapa, no el final del camino

La menopausia no debería marcar el final de la relación de una mujer con el running.

Puede ser, de hecho, una oportunidad para revisar cómo entrenamos.

Para dejar de medirlo todo únicamente en kilómetros.

Para incorporar fuerza.

Para cuidar más el descanso.

Para aprender a gestionar mejor el calor.

Para prestar atención al suelo pélvico.

Para revisar nuestra alimentación.

Y también para aceptar que mejorar no siempre significa correr más rápido.

La menopausia no implica automáticamente entrenar menos. Implica individualizar mejor.

Si sigues corriendo durante esta etapa, escucha a tu cuerpo, adapta lo que sea necesario y no tengas miedo de modificar tu planificación.

Porque correr después de los 50 no tiene por qué consistir en intentar recuperar a la corredora que eras.

Puede consistir en descubrir la corredora que puedes ser ahora.

FAQ sobre menopausia y running

¿Se puede correr durante la menopausia?

Sí. La menopausia no significa que haya que dejar de correr. En la mayoría de las mujeres, el running puede continuar formando parte de un estilo de vida activo. Lo importante es adaptar el entrenamiento a las condiciones individuales, teniendo en cuenta la recuperación, la fuerza, el sueño, la tolerancia al calor, la salud ósea y cualquier síntoma que pueda aparecer durante esta etapa.

¿Hay que correr menos durante la menopausia?

No necesariamente. No existe una cantidad de kilómetros que todas las mujeres deban reducir al llegar a la menopausia. Algunas pueden mantener su volumen de entrenamiento y otras necesitarán modificarlo temporalmente. La clave está en observar cómo responde el cuerpo y ajustar la intensidad, el volumen y los días de recuperación cuando sea necesario.

¿La menopausia puede afectar al rendimiento al correr?

Puede hacerlo de forma indirecta y diferente en cada mujer. Los cambios hormonales pueden coincidir con alteraciones del sueño, sofocos, cambios en la composición corporal, mayor dificultad para tolerar el calor o una recuperación diferente. Todo ello puede hacer que determinados entrenamientos se perciban como más exigentes, aunque no significa que la pérdida de rendimiento sea inevitable.

¿Es importante hacer entrenamiento de fuerza si corro durante la menopausia?

Sí. El entrenamiento de fuerza es un complemento especialmente interesante para las corredoras durante esta etapa, ya que ayuda a mantener la masa y la función muscular y contribuye al mantenimiento de la salud ósea. No se trata de sustituir el running, sino de combinar el trabajo cardiovascular con estímulos de fuerza adecuados.

¿Qué hacer si tengo pérdidas de orina al correr durante la menopausia?

Las pérdidas de orina durante el running no deberían asumirse simplemente como una consecuencia inevitable de la menopausia. Pueden estar relacionadas con el suelo pélvico y merece la pena valorarlas, especialmente si son frecuentes o han aparecido recientemente. Un profesional sanitario, y particularmente un fisioterapeuta especializado en suelo pélvico, puede valorar la situación y recomendar el tratamiento o entrenamiento más adecuado.

Menopausia y running: una nueva etapa, no el final del camino

La menopausia no debería marcar el final de la relación de una mujer con el running.

Puede ser, de hecho, una oportunidad para revisar cómo entrenamos.

Para dejar de medirlo todo únicamente en kilómetros. Para incorporar fuerza. Para cuidar más el descanso. Para aprender a gestionar mejor el calor. Para prestar atención al suelo pélvico. Para revisar nuestra alimentación.

Y también para aceptar que mejorar no siempre significa correr más rápido.

La menopausia no implica automáticamente entrenar menos. Implica individualizar mejor.

Si sigues corriendo durante esta etapa, escucha a tu cuerpo, adapta lo que sea necesario y no tengas miedo de modificar tu planificación.

Porque correr después de los 50 no tiene por qué consistir en intentar recuperar a la corredora que eras.

Puede consistir en descubrir la corredora que puedes ser ahora.

Vuelta al running postparto: guía segura para retomar la carrera

¿Cuándo podré volver a correr después de tener a mi bebé? Es una de las preguntas que más escucho en la farmacia de boca de madres corredoras, normalmente bastante antes de lo que su cuerpo está listo para escuchar la respuesta. La vuelta al running postparto genera muchas dudas, y con razón: no es una «vuelta a entrenar» cualquiera.

Y las ganas de volver son legítimas. Correr no es solo ejercicio: para muchas mujeres es rutina, identidad, salud mental y un rato solo para ellas en medio de un postparto que no da tregua.

Pero el cuerpo que vuelve a calzarse las zapatillas ha vivido nueve meses de cambios, ha parido (por vía vaginal o por cesárea) y, si hay lactancia de por medio, sigue en pleno proceso hormonal. Tratar esta vuelta como si fuera una recuperación de forma física cualquiera, sin tener en cuenta el suelo pélvico, la faja abdominal y el ritmo de cada cuerpo, es la receta perfecta para las lesiones, las molestias crónicas o la frustración.

En este artículo veremos qué dice la evidencia sobre cuándo y cómo retomar la carrera tras el parto, qué señales debes vigilar y cómo convertir esta vuelta en un proceso seguro, sin prisas y sin comparaciones.

¿Por qué el postparto no es una «vuelta a entrenar» cualquiera?

Cuando alguien deja de correr por vacaciones, una gripe o una lesión leve, el cuerpo que retoma el entrenamiento es, en esencia, el mismo que lo dejó. En el postparto, no. El cuerpo ha cambiado en varios frentes a la vez.

Suelo pélvico, diástasis y hormonas: los tres grandes cambios

Suelo pélvico. Durante el embarazo y, sobre todo, tras un parto vaginal, el suelo pélvico se estira y pierde tono. La investigación muestra que el hiato del elevador del ano —la apertura muscular que sostiene vejiga, útero e intestino— se ensancha de forma significativa tras el parto vaginal y tarda meses en recuperarse (Stær-Jensen et al., Obstetrics & Gynecology, 2015). Y esto también afecta, en menor medida, a quienes han tenido una cesárea, porque es el embarazo en sí el que ya somete al suelo pélvico a meses de carga.

Faja abdominal y diástasis. Es habitual que los rectos abdominales queden separados tras el embarazo (diástasis abdominal). No es peligroso en sí mismo, pero si no se aborda antes de retomar el impacto, dificulta la transferencia de fuerzas del tronco a las piernas.

Hormonas. La relaxina, la hormona que «afloja» ligamentos y articulaciones durante el embarazo para facilitar el parto, no desaparece de un día para otro. Con lactancia, sus niveles pueden mantenerse elevados más tiempo, lo que se traduce en articulaciones algo más inestables de lo habitual.

A todo esto se suma la fatiga acumulada de recuperarte de un parto mientras duermes a tramos de dos o tres horas. Nada de esto significa que no vayas a volver a correr con normalidad: significa que el camino de vuelta necesita un enfoque propio.

¿Cuándo se puede empezar a correr después de dar a luz?

Durante años no existió consenso claro sobre esto. La referencia que hoy manejan fisioterapeutas de suelo pélvico y readaptadores en todo el mundo son las guías de Goom, Donnelly y Brockwell (2019), «Returning to running postnatal», elaboradas por fisioterapeutas especializadas en salud pélvica.

Las guías Goom, Donnelly y Brockwell (2019):

Su recomendación principal es no reanudar la carrera antes de, aproximadamente, las 12 semanas postparto, sea cual sea la vía del parto. Y matizan algo importante: esas 12 semanas son un mínimo orientativo, no una meta que cumplir sí o sí. Lo que de verdad determina si estás lista no es el calendario, sino una valoración de la fuerza y resistencia del suelo pélvico y el core, la ausencia de síntomas durante actividades de impacto moderado (saltar a la comba, correr en el sitio) y la capacidad de caminar a paso ligero o hacer sentadillas sin molestias.

Por qué la valoración de un/a fisioterapeuta de suelo pélvico es innegociable

Mujer realizando un ejercicio suave de activación del suelo pélvico y el core en el postparto

El paso más rentable que puedes dar antes de atarte las zapatillas no es «aguantar un poco más», sino pedir cita con un/a fisioterapeuta especializado/a en suelo pélvico. Esa valoración, breve y nada invasiva en la mayoría de los casos, vale más que cualquier calendario genérico que encuentres en internet, este incluido.

Señales de que el cuerpo (todavía) no está listo

Correr es una actividad de alto impacto: cada zancada genera una fuerza de reacción de varias veces tu peso corporal que el suelo pélvico y el core deben absorber. Una revisión sistemática sobre incontinencia urinaria en deportistas encontró que el ejercicio de alto impacto multiplica por 4,59 el riesgo de disfunción del suelo pélvico frente al ejercicio de bajo impacto (de Mattos Lourenco et al., International Urogynecology Journal, 2018). Por eso conviene vigilar estas señales antes, durante y después de correr:

  • Pérdidas de orina, gases o heces, aunque sean pequeñas o solo al toser, reír o saltar.
  • Sensación de peso, bulto o presión en la vagina o la pelvis.
  • Dolor pélvico, lumbar o abdominal durante la carrera o en las horas posteriores.
  • Abombamiento marcado en la línea media del abdomen al hacer fuerza.
  • Sangrado que cambia de color, aumenta o reaparece tras haber remitido.

Ninguna de estas señales es «normal» ni algo que debas aceptar por haber sido madre. Son información valiosa que indica que toca frenar, retroceder un paso en la progresión y consultar con tu matrona, ginecólogo/a o fisioterapeuta de suelo pélvico.

Antes de correr: construir la base

La buena noticia es que esperar no significa no hacer nada. Las semanas previas a la carrera son las más importantes para construir una base sólida.

Caminar es el primer gran aliado: empieza por paseos cortos y aumenta el tiempo y el ritmo según te encuentres. En paralelo, conviene reconectar con la respiración diafragmática y una activación suave del transverso abdominal antes de sumar carga.

Los ejercicios de suelo pélvico merecen una mención aparte: no se trata de hacer «Kegels» a ciegas, porque muchas mujeres los realizan mal sin saberlo. Un/a fisioterapeuta de suelo pélvico te enseña a activarlo y relajarlo correctamente, algo que ninguna guía online —tampoco esta— puede sustituir. Y no hay que olvidar el trabajo de fuerza general: sentadillas, zancadas y ejercicios de cadera bien pautados preparan las piernas para el impacto que vendrá después.

Cómo volver a correr de forma progresiva

Superada la valoración profesional, el método más recomendado —y el mismo que aplicamos en farmarunning para cualquier vuelta al running tras una parada larga— es el de caminar-correr: alternar minutos de trote suave con minutos de caminata, aumentando poco a poco la proporción de carrera.

Corredora en fase de reincorporación progresiva al running combinando caminar y trotar suave

La clave está en dejar que sean las sensaciones, no el calendario, las que marquen el ritmo. Si un día notas alguna de las señales de alarma anteriores, ese es el momento de dar un paso atrás, no de aguantar por esta vez.

Lactancia y running: lo que dice la evidencia

Es habitual escuchar que el deporte «corta la leche» o que el ácido láctico estropea su sabor. La realidad tiene matices. Con ejercicio de intensidad moderada, la evidencia no muestra cambios relevantes en el sabor de la leche ni en su aceptación por parte del bebé. Con ejercicio de intensidad alta —ese en el que apenas puedes hablar—, sí se ha descrito un pequeño aumento del ácido láctico en la leche extraída durante la hora posterior al esfuerzo, pero los estudios que han evaluado la aceptación del bebé no han encontrado rechazo asociado. Si te resulta más cómodo, puedes dar el pecho o extraerte leche antes de salir a correr y ducharte antes de la siguiente toma: el sudor cambia el sabor de la piel más que la leche en sí.

Lo que sí es real es que la lactancia aumenta tus necesidades de hidratación. Súmale el sudor de correr y entenderás por qué merece la pena repasar tus hábitos de hidratación como corredora y ajustarlos a esta etapa.

El sueño, el gran infravalorado de esta vuelta

Ningún plan de entrenamiento tiene en cuenta las tomas nocturnas, pero tu cuerpo sí. La falta de sueño reduce la capacidad de recuperación muscular, aumenta la percepción del esfuerzo y multiplica el riesgo de lesión. Si una sesión «que debería ser fácil» se te hace cuesta arriba, antes de pensar que has perdido forma física, merece la pena revisar cuántas horas de sueño real llevas acumuladas esa semana.

Cada postparto es distinto: evita compararte

Verás cuentas en redes sociales de mujeres corriendo diez kilómetros a las pocas semanas de dar a luz. Lo que no ves es su historial deportivo previo, el tipo de parto que tuvieron o si están, sin saberlo, sembrando un problema de suelo pélvico que aparecerá años después. Compararte con esos casos no te sitúa: te empuja hacia una meta que no tiene en cuenta tu punto de partida.

Si además de las molestias físicas notas que el ánimo no acompaña, que cuesta disfrutar de cosas que antes te gustaban o que la ansiedad no da tregua, coméntaselo a tu matrona o a tu médico de familia. Cuidar la cabeza en esta etapa es tan importante como cuidar el suelo pélvico.

FAQ sobre la vuelta al running postparto

¿Cuánto hay que esperar para volver a correr después del parto?
Como mínimo orientativo, unas 12 semanas, sea cual sea la vía del parto. Pero la fecha exacta no la marca el calendario, sino una valoración de fuerza y síntomas del suelo pélvico y el core (Goom, Donnelly y Brockwell, 2019).

¿Es diferente la vuelta al running si he tenido una cesárea?
Se suma la recuperación de una cicatriz quirúrgica, pero el suelo pélvico también se ha visto sometido a carga durante el embarazo. Por eso el mismo mínimo de 12 semanas y la misma valoración profesional aplican también tras una cesárea.

¿Puedo correr si tengo diástasis abdominal?
Tener diástasis no es, por sí solo, una prohibición para correr, pero conviene trabajarla antes de sumar impacto para que el tronco transfiera bien la fuerza a las piernas. Un/a fisioterapeuta de suelo pélvico puede valorar si está en condiciones de tolerar la carrera.

¿El running afecta a la producción o al sabor de la leche materna?
Con ejercicio moderado no hay cambios relevantes en cantidad ni sabor. Con esfuerzos muy intensos puede haber un pequeño aumento transitorio de ácido láctico en la leche, sin que los estudios hayan encontrado que el bebé la rechace.

¿Es normal tener pequeñas pérdidas de orina al volver a correr?
No, aunque sea algo muy frecuente. Cualquier pérdida, por pequeña que sea, es una señal para parar esa sesión y consultar con tu fisioterapeuta de suelo pélvico, no algo que debas «entrenar hasta que se pase».

¿Qué es el método caminar-correr y por dónde empiezo?
Consiste en alternar minutos de trote suave con minutos de caminata, aumentando la proporción de carrera poco a poco según las sensaciones. Nuestro plan de entrenamiento de 12 semanas para empezar a correr desarrolla la progresión completa.

¿Debo ir al fisioterapeuta de suelo pélvico aunque no tenga molestias?
Sí. Las guías de referencia recomiendan la valoración a todas las mujeres postparto, tengan o no síntomas, porque algunas disfunciones (como el prolapso) pueden no dar la cara hasta que aumenta el impacto.

¿Cuándo debo dejar de correr y pedir ayuda profesional?
Ante pérdidas de orina, gases o heces, sensación de peso o bulto vaginal, dolor pélvico o lumbar, o abombamiento marcado en el abdomen. Ninguna de estas señales debe normalizarse por haber sido madre.

Para terminar

Vas a volver a correr. La pregunta no es si, sino cómo. Dale a tu cuerpo la valoración profesional, la progresión y el tiempo que necesita, y el running seguirá ahí esperándote, sin que tengas que pagarlo con una lesión o una disfunción que arrastres durante años.

¿Ya tienes luz verde de tu fisioterapeuta de suelo pélvico? Descubre nuestro plan de entrenamiento de 12 semanas para retomar el running paso a paso. Sin prisas. A tu ritmo. Adaptado a cualquier punto de partida.

Ciclo menstrual y running: ¿cómo puede afectar a tu entrenamiento?

Ciclo menstrual y running tienen más relación de la que solemos pensar. Dos corredoras pueden hacer exactamente el mismo entrenamiento, el mismo día de la semana, con la misma planificación sobre el papel, y sentirlo de forma completamente distinta según en qué momento de su ciclo se encuentren. No es algo anecdótico ni «cosas de cada una»: es fisiología. Y sin embargo, es una variable que casi nunca se tiene en cuenta al planificar un entrenamiento, probablemente porque durante décadas la ciencia del deporte se ha investigado casi exclusivamente en hombres.

De hecho, muchas corredoras han normalizado sentir que «un día rinden mejor y otro peor» sin llegar a relacionarlo con el ciclo, simplemente porque nadie se lo ha explicado en esos términos. No se trata de un fallo de atención por su parte, sino de un vacío histórico en cómo se ha entrenado y divulgado el entrenamiento femenino.

Este artículo no pretende darte una fórmula cerrada de «en esta fase entrena así». La evidencia todavía es limitada y la variabilidad entre mujeres es muy alta. Lo que sí puede ayudarte es entender qué está pasando en tu cuerpo a lo largo del ciclo, qué patrones aparecen con más frecuencia en los estudios disponibles y cómo usar esa información sin convertirla en una norma rígida.

Corredora consultando su calendario de entrenamiento junto con el seguimiento de su ciclo menstrual

Por qué este tema se ha explicado tan poco hasta ahora

La investigación en fisiología del ejercicio ha usado históricamente muestras mayoritariamente masculinas, en parte porque las fluctuaciones hormonales femeninas se consideraban una «variable incómoda» que complicaba los diseños de estudio. El resultado es que muchas recomendaciones de entrenamiento que se dan por generales en realidad se han validado casi exclusivamente en hombres.

En los últimos años esto está cambiando, y cada vez hay más estudios centrados específicamente en deportistas mujeres. Pero conviene ser honestas con el estado actual del conocimiento: hay más preguntas resueltas que hace diez años, aunque todavía queden bastantes por resolver.

Las fases del ciclo, explicadas para corredoras

Sin entrar en el detalle hormonal completo, para entender el resto del artículo basta con distinguir cuatro momentos:

Fase menstrual (los días de sangrado). El estrógeno y la progesterona están en sus niveles más bajos.

Fase folicular (justo después de la menstruación, hasta la ovulación). El estrógeno va subiendo progresivamente.

Ovulación (a mitad de ciclo, aproximadamente). Pico de estrógeno y de hormona luteinizante.

Fase lútea (desde la ovulación hasta la siguiente menstruación). Sube la progesterona, y con ella la temperatura corporal basal.

La duración exacta de cada fase varía de una mujer a otra, y también de un ciclo a otro en la misma persona, lo cual es otro motivo para no aplicar reglas demasiado rígidas.

Qué se sabe (y qué no) sobre el rendimiento en cada fase

Algunos estudios apuntan a que, durante la fase folicular, cuando el estrógeno está más alto y la progesterona más baja, algunas mujeres toleran mejor los entrenamientos de alta intensidad y perciben el esfuerzo como algo menos costoso. En cambio, durante la fase lútea, es más frecuente que se describa una mayor sensación de fatiga, peor calidad de sueño o una percepción del esfuerzo más alta para la misma carga real de trabajo.

Corredora realizando una sesión de entrenamiento intenso al aire libre

Dicho esto, hay que ser prudentes con estas generalizaciones. La respuesta individual varía muchísimo: hay mujeres que no notan diferencias apreciables entre fases, y otras para las que el patrón es muy marcado. Ni el rendimiento cae de forma dramática en la fase lútea para todo el mundo, ni la fase folicular garantiza automáticamente mejores marcas. Tratar estas tendencias como leyes fijas sería tan poco riguroso como ignorarlas por completo.

Esto tampoco tiene que ver con la anemia del deportista ni con la tríada de la deportista, dos situaciones distintas y bastante más serias en las que el ciclo menstrual se ve alterado por pérdidas de hierro elevadas o por un desequilibrio energético mantenido. Aquí hablamos de fluctuaciones normales dentro de un ciclo que funciona con regularidad.

Sí, la hidratación y la temperatura corporal también cambian

Uno de los cambios mejor documentados es el aumento de la temperatura corporal basal durante la fase lútea, de entre 0,3 y 0,5 grados aproximadamente. No parece mucho, pero puede traducirse en una sensación de calor añadida al correr, especialmente en días ya de por sí calurosos, y en una ligera mayor necesidad de reponer líquidos.

Si sueles notar que ciertos días te cuesta más regular la temperatura corriendo, puede ser útil anotar en qué fase del ciclo estabas: es un patrón que, si se repite, merece tenerse en cuenta a la hora de planificar la hidratación de esas sesiones.

Corredora hidratándose durante una sesión de entrenamiento en un día caluroso

El sueño, otra pieza que se mueve con el ciclo

La subida de progesterona en la fase lútea también se ha relacionado con una peor calidad de sueño en algunas mujeres: más despertares nocturnos o una sensación de sueño menos reparador, aunque se dediquen las mismas horas a dormir. Y como ya hemos visto en nuestro contenido sobre sueño y rendimiento, dormir peor tiene un efecto directo sobre cómo se percibe el esfuerzo al día siguiente.

Esto significa que, si en la fase lútea notas que te cuesta más entrenar, no siempre es «el ciclo» actuando de forma directa sobre el músculo: en muchos casos es el sueño, afectado indirectamente por el ciclo, el que está detrás de esa sensación.

Cómo puedes usar esta información sin obsesionarte

La forma más práctica de aprovechar todo esto no es aplicar una regla genérica, sino observar tu propio patrón durante dos o tres meses. Anotar en una app o en un diario de entrenamiento en qué fase del ciclo estás, junto con cómo te has sentido en cada sesión, permite identificar si existe un patrón personal claro o si, simplemente, tu rendimiento no varía de forma apreciable con el ciclo.

Si detectas un patrón, puedes usarlo a tu favor: concentrar las sesiones más exigentes en los días en que sueles sentirte mejor, y ser más flexible con la intensidad en los días en que sueles notar más fatiga. Esto no es debilidad ni es «hacer menos»: es entrenar con la información real que tiene tu cuerpo, en lugar de con un calendario genérico pensado sin tenerlo en cuenta.

Cuándo una alteración del ciclo no es solo «cosas del ciclo»

Hay una diferencia importante entre las fluctuaciones normales que hemos descrito y una alteración real del ciclo. Si el periodo desaparece durante varios meses seguidos en el contexto de un entrenamiento exigente, si las menstruaciones son cada vez más abundantes y aparece fatiga persistente, o si notas síntomas como mareos o palpitaciones que no tenías antes, esas situaciones sí merecen valoración profesional y pueden estar relacionadas con la tríada de la deportista o con una anemia ferropénica, dos temas que ya tratamos con detalle en Farmarunning.

Conclusión

El ciclo menstrual es una variable fisiológica más, como el sueño o la hidratación, que puede influir en cómo se siente un mismo entrenamiento de un día para otro. No hace falta convertirlo en una ciencia exacta ni en una excusa: basta con conocerlo, observarlo en tu propio caso y usarlo como una herramienta más para entrenar con criterio.

¿Quieres seguir descubriendo cómo entrenar con información real sobre tu cuerpo? Suscríbete a la newsletter de Farmarunning y recibe cada semana contenido pensado desde la salud, no solo desde el rendimiento.

¿Por qué te cuesta más correr algunos días?

¿Por qué cuesta más correr algunos días, aunque el entrenamiento sea prácticamente idéntico al de siempre?

Sales a correr por la misma ruta, al mismo ritmo de siempre, y hoy te cuesta el doble. No hay ninguna explicación evidente: has dormido más o menos como siempre, no te duele nada en concreto, y aun así las piernas pesan y la respiración va por delante de lo que debería. Si esto te suena, no eres tú «flojeando». Es tu cuerpo respondiendo a un conjunto de factores que casi nunca se ven a simple vista.

Corredora con gesto de esfuerzo en un día de entrenamiento que le cuesta más de lo habitual

Es una de las experiencias más comunes —y más frustrantes— de cualquier persona que entrena con regularidad, y suele generar una reacción desproporcionada: dudar de la propia forma física, pensar que se ha retrocedido, o forzar la sesión para «demostrar» que no ha sido así. Ninguna de esas dos reacciones ayuda.

Desde la farmacia, esta es una de las preguntas que más se repiten en esta época: por qué cuesta más correr algunos días, aunque el entrenamiento sea prácticamente idéntico. En este artículo repasamos qué hay detrás de esa variabilidad, cómo distinguir un mal día pasajero de una señal que merece más atención, y qué hacer cuando te toca uno de esos días.

No es (solo) cuestión de fuerza de voluntad

Es habitual interpretar un mal día de entrenamiento como un fallo personal: «no tengo ganas», «estoy flojeando», «no me esfuerzo lo suficiente». Pero el rendimiento de un mismo entrenamiento no depende únicamente de la voluntad. Depende de un conjunto de variables fisiológicas que cambian de un día para otro, muchas veces sin que seamos conscientes de ellas.

Entender esto no es una excusa para no esforzarse. Es, simplemente, información útil para interpretar mejor lo que el cuerpo está diciendo.

Los factores que más influyen en cómo te sientes cada día

Casi nunca es un único motivo. Lo habitual es que varios de estos factores se sumen el mismo día:

El sueño de las últimas noches. No solo la del día anterior: una acumulación de varias noches de descanso insuficiente pasa factura al rendimiento, aunque la sesión de hoy en concreto no parezca especialmente exigente.

Runner hidratándose antes de salir a entrenar

La hidratación de las horas previas. Empezar a correr ya deshidratado, algo muy habitual sin darse cuenta, hace que el esfuerzo se sienta más intenso desde los primeros minutos.

La alimentación de las horas o el día anterior. Unos depósitos de glucógeno poco llenos se notan, sobre todo a partir de cierta duración o intensidad.

La carga acumulada de los entrenamientos recientes. El cuerpo no siempre avisa antes de pasar factura por varios días seguidos de esfuerzo, sobre todo si ha habido pocas horas de descanso entre sesiones.

La temperatura y la humedad del día. Correr con calor o humedad elevada exige un esfuerzo cardiovascular mayor para la misma velocidad, aunque la sensación subjetiva de «estoy más lento» se interprete como falta de forma.

El estado de salud reciente. Haber pasado un resfriado, un proceso vírico o incluso una simple mala racha de sueño por otros motivos deja un rastro que puede notarse varios días después.

El estrés y la carga mental. El cuerpo no separa el estrés emocional del físico: ambos consumen recursos del mismo sistema nervioso.

En el caso de las mujeres, el momento del ciclo menstrual también puede influir en la energía disponible y en la percepción del esfuerzo, aunque esta variable merece un análisis propio que abordaremos en otro artículo específico.

Todo esto ya lo tocamos, cada uno por su lado, en nuestro contenido sobre entrenamiento invisible, sobre hidratación y sobre desentrenamiento. Lo que cambia aquí es la pregunta: no es «qué debo hacer», sino «por qué hoy es distinto de ayer».

Cuando el cuerpo pide bajar el ritmo, hazle caso

Descanso nocturno como factor clave en el rendimiento del corredor

La sensación de que «hoy cuesta más» es, en la mayoría de los casos, una señal legítima, no una debilidad que haya que ignorar a base de fuerza de voluntad. El cuerpo ajusta constantemente su rendimiento disponible según el estado de recuperación real, y ese estado no siempre coincide con lo que el calendario de entrenamiento tenía previsto.

Forzar la sesión planificada cuando el cuerpo está pidiendo lo contrario no suele traducirse en una mejora real: suele traducirse en una sesión de peor calidad, con más riesgo de lesión, y en una recuperación todavía más lenta de cara al día siguiente.

Esto no es lo mismo que sobreentrenamiento

Conviene aclarar una diferencia importante. Un mal día puntual no es sobreentrenamiento: es variabilidad normal dentro de cualquier planificación, por bien diseñada que esté. El sobreentrenamiento es otra cosa —una acumulación sostenida de fatiga que no se resuelve con un día de descanso— y ya le dedicamos un espacio propio en Farmarunning. Aquí hablamos de algo mucho más frecuente y mucho menos preocupante: la variación día a día que sufre cualquier persona que entrena con regularidad, incluso cuando todo lo demás está bien planificado.

Cómo diferenciar un mal día de una señal de alarma

No toda sensación de pesadez significa lo mismo. Como orientación general:

Un mal día puntual, sin dolor localizado, que mejora en cuanto se calienta el cuerpo o que coincide con una mala noche de sueño puntual, suele ser simplemente variabilidad normal.

Varios días seguidos de sensación de pesadez, unido a irritabilidad, mal descanso persistente o pulso en reposo más alto de lo habitual, empieza a parecerse más a una carga de entrenamiento acumulada que conviene revisar.

Un dolor localizado, que no mejora al calentar o que aparece siempre en el mismo punto, no entra dentro de esta variabilidad normal y merece valoración aparte.

Qué hacer cuando te toca un «día malo»

Lo más práctico, en la mayoría de los casos, es sencillo: bajar la exigencia de la sesión prevista en lugar de cancelarla del todo. Correr más despacio, acortar la distancia o cambiar una sesión de series por un rodaje suave permite mantener el hábito sin forzar un cuerpo que ya está avisando.

También ayuda revisar, aunque sea mentalmente, las últimas 24-48 horas: ¿cuántas horas se ha dormido?, ¿se ha bebido suficiente agua?, ¿la última comida fue suficiente?, ¿ha habido algún día especialmente estresante? No siempre hay una respuesta clara, pero el simple hecho de repasarlo ayuda a decidir si conviene simplemente adaptar la sesión de hoy o si, además, conviene ajustar algo de cara a los próximos días.

Y, sobre todo, no convertir un mal día aislado en un motivo para juzgar el progreso general. Un entrenamiento no define la temporada; la tendencia de varias semanas sí.

Conclusión

Que un día cueste más que otro no es una anomalía ni un fallo de carácter: es la forma que tiene el cuerpo de reflejar todo lo que ha pasado en las horas y los días anteriores. Sueño, hidratación, alimentación, carga acumulada, temperatura o estado de salud reciente se combinan de forma distinta cada día, y el rendimiento lo nota. Aprender a leer esas señales, en lugar de ignorarlas, es lo que permite entrenar de forma sostenible durante toda la temporada.

¿Quieres aprender a interpretar mejor las señales de tu cuerpo? Suscríbete a la newsletter de Farmarunning y recibe cada semana contenido pensado desde la salud, no solo desde el rendimiento.

¿Qué cambia en el cuerpo de un corredor a partir de los 50?

Correr a partir de los 50 no tiene por qué ser un problema. Cumplir años tampoco significa que el running deje de ser para ti: significa que tu cuerpo empieza a pedir un entrenamiento distinto al de hace diez años, aunque las sensaciones al calzarte las zapatillas sigan siendo las mismas. Y ahí está la trampa: como uno se sigue sintiendo igual de motivado, es fácil seguir entrenando exactamente igual que siempre, hasta que el cuerpo lo hace notar de otra forma.

Corredor de más de 50 años entrenando por un sendero natural al amanecer

Desde la farmacia, esta es una de las etapas donde más se cruzan dos actitudes opuestas e igual de equivocadas: quien decide que a partir de los 50 «ya no es edad» para correr y abandona, y quien sigue entrenando exactamente igual que a los 30 sin adaptar nada. Ninguna de las dos es necesaria. Lo que sí conviene es entender qué cambia realmente en el cuerpo de un corredor a partir de esta edad, para poder seguir corriendo con criterio en lugar de por inercia.

Por qué esta pregunta importa más de lo que parece

Los cambios que trae la edad no aparecen de golpe ni avisan con antelación. Se acumulan de forma progresiva, y muchas veces el primer síntoma no es una sensación, sino una lesión que aparece «de la nada» después de un entrenamiento que, en teoría, no era distinto de los de siempre.

Conocer qué está cambiando por dentro permite anticiparse en lugar de reaccionar. No se trata de entrenar con miedo, sino de entrenar con información.

La pérdida de masa muscular y de fuerza

A partir de los 50 se acelera un proceso que en realidad empieza mucho antes: la sarcopenia, es decir, la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular asociada a la edad. Ya lo explicamos con detalle en nuestro artículo sobre sarcopenia, pero conviene recordar la magnitud del proceso: la potencia muscular se mantiene relativamente estable hasta los 45-50 años, y a partir de ahí empieza a disminuir a un ritmo de entre un 10 y un 25% por década, mientras que la masa muscular lo hace en torno a un 3-8% por década desde los 30, acelerándose todavía más después de los 60.

Persona de más de 50 años haciendo entrenamiento de fuerza con mancuernas para complementar el running

Para un corredor, esto tiene una traducción muy concreta: la zancada pierde algo de potencia, la capacidad de absorber impactos disminuye y los músculos que estabilizan cadera y rodilla trabajan con menos margen. La buena noticia es que este proceso se puede frenar de forma notable con entrenamiento de fuerza, algo que muchos corredores de esta edad todavía no incorporan a su rutina semanal.

Tendones, articulaciones y capacidad de absorber impacto

Los tendones y ligamentos también pierden parte de su elasticidad con los años, lo que significa que necesitan más tiempo de calentamiento antes de responder bien a un esfuerzo intenso. Salir a correr en frío, sin una activación previa, es uno de los errores que peor se toleran a partir de esta edad.

Corredor realizando estiramientos de calentamiento antes de una sesión de running

Las articulaciones, por su parte, no tienen por qué desgastarse por el simple hecho de correr —de hecho, correr con una técnica y una carga adecuadas puede ser protector—, pero sí toleran peor los picos bruscos de intensidad o de volumen. La progresión gradual deja de ser una recomendación genérica y pasa a ser una condición casi obligatoria.

La capacidad aeróbica y el metabolismo también cambian

El consumo máximo de oxígeno tiende a reducirse de forma gradual a partir de esta edad, lo que se traduce en que sostener el mismo ritmo de siempre puede empezar a costar algo más de esfuerzo percibido. No es motivo de alarma: sigue siendo una capacidad entrenable, y con un trabajo de intensidad bien planificado se puede mantener un nivel muy competitivo durante años. Lo que sí conviene tener en cuenta es que el metabolismo basal también disminuye ligeramente, en buena parte como consecuencia de la propia pérdida de masa muscular, por lo que mantener esa masa muscular a través de la fuerza vuelve a aparecer como una de las estrategias más rentables de esta etapa.

La recuperación ya no es la misma

Uno de los cambios que más sorprende a quienes llevan toda la vida corriendo es que la misma sesión que antes se asimilaba en 24 horas ahora puede necesitar 48 o incluso más. No es una señal de que el cuerpo «ya no aguanta»: es una adaptación fisiológica normal, relacionada con una reparación muscular y una síntesis de proteínas algo más lenta que en etapas anteriores.

Esto convierte al descanso en una parte todavía más importante del entrenamiento, y no solo el descanso entre sesiones: también la calidad del sueño nocturno, que es cuando se produce buena parte de esta recuperación. Si el sueño no acompaña, todo lo demás cuesta más.

Qué pasa con los huesos

La densidad ósea también empieza a reducirse a partir de esta etapa, un proceso que en las mujeres se acelera de forma notable por los cambios hormonales de la menopausia. Correr, al ser un ejercicio de impacto, es en realidad uno de los estímulos más recomendables para mantener la salud ósea, siempre que se acompañe de una ingesta adecuada de calcio y vitamina D y, cuando sea necesario, de entrenamiento de fuerza para reforzar esa protección.

Y si eres mujer: un capítulo aparte

En el caso de las mujeres, varios de los procesos anteriores —pérdida de masa muscular, de densidad ósea, cambios en la recuperación— se ven amplificados por la caída de estrógenos que trae la menopausia. No es el objetivo de este artículo entrar en ese detalle, porque ya le dedicamos un espacio propio en nuestro contenido sobre menopausia y deporte, pero sí conviene saber que, si esta etapa coincide con la de los 50 años, algunos de los ajustes que veremos a continuación cobran todavía más importancia.

Entonces, ¿hay que correr menos a partir de los 50?

No necesariamente. Lo que cambia no es tanto la posibilidad de seguir corriendo como la forma de hacerlo. Los corredores máster pueden mantener un buen nivel de resistencia durante muchos años más, siempre que el entrenamiento se adapte a las nuevas circunstancias del cuerpo en lugar de ignorarlas.

La pregunta correcta no es «¿cuánto tengo que reducir?», sino «¿qué tengo que añadir o cambiar para poder seguir corriendo con las mismas garantías?».

Cómo adaptar el entrenamiento sin dejar de correr

Algunos ajustes concretos marcan una diferencia notable a partir de esta edad:

  • Incorporar entrenamiento de fuerza al menos dos veces por semana, con especial atención a piernas, cadera y zona media, para frenar la pérdida muscular y proteger las articulaciones.
  • Alargar el calentamiento antes de cualquier sesión de intensidad, dando más tiempo a tendones y articulaciones para responder.
  • Añadir un día extra de descanso o de actividad suave cuando la sesión anterior haya sido especialmente exigente, en lugar de mantener rígidamente el mismo calendario de siempre.
  • Cuidar el sueño como parte del entrenamiento, no como algo secundario a él.
  • Hacerse revisiones de salud periódicas, especialmente si hay antecedentes cardiovasculares o factores de riesgo, antes de aumentar la intensidad de forma significativa.

Ninguno de estos cambios exige renunciar al running. Exigen, simplemente, dejar de entrenar en piloto automático y empezar a entrenar con la información que el propio cuerpo va dando.

Conclusión

A partir de los 50, el cuerpo de un corredor no deja de responder al entrenamiento: responde de otra manera. Pierde parte de la masa muscular y de la densidad ósea, tarda más en recuperarse y tolera peor los cambios bruscos, pero sigue siendo perfectamente capaz de adaptarse y mejorar si el entrenamiento tiene en cuenta estos cambios en lugar de ignorarlos. La diferencia entre seguir disfrutando del running durante muchos años más o encadenar lesión tras lesión no está en la edad: está en cómo se entrena a partir de ella.

¿Quieres seguir informada sobre cómo adaptar tu entrenamiento a cada etapa? Suscríbete a la newsletter de Farmarunning y recibe cada semana contenido pensado desde la salud, no solo desde el rendimiento.

¿Cómo saber qué objetivo de running puedes conseguir?

Después de las semanas de motivación y de la vuelta a los entrenamientos, llega un momento en el que la ilusión inicial necesita algo más que ganas: necesita un objetivo de running realista. Y aquí es donde muchos runners se equivocan sin darse cuenta. No porque se marquen una meta, sino porque se marcan la meta equivocada para su punto de partida real.

Este patrón se repite cada septiembre: personas que retoman el running con mucha energía, copian el objetivo de otra persona o de una temporada pasada, y a las pocas semanas aparecen las molestias, la fatiga o la desmotivación. No suele ser un problema de fuerza de voluntad. Es un problema de encaje entre el objetivo y la realidad del cuerpo que tiene que cumplirlo.

En este artículo repasamos qué factores conviene revisar antes de fijar el objetivo de la temporada, cuál es el error más frecuente en estas fechas y cómo convertir una intención vaga en una meta concreta y alcanzable.

Corredora consultando su reloj deportivo mientras planifica su objetivo de running de la temporada

Por qué un objetivo cambia la forma de entrenar

Correr «porque toca» y correr con un objetivo claro no generan el mismo tipo de entrenamiento. Sin una meta de referencia, es fácil que las sesiones se vuelvan irregulares: unos días muy exigentes, otros inexistentes, sin ninguna progresión que las conecte entre sí.

Un objetivo bien definido cumple una función muy concreta: da un motivo para elegir qué entrenar cada semana y sirve como referencia para saber si el proceso avanza en la dirección correcta. No hace falta que sea ambicioso ni competitivo. Puede ser tan sencillo como «correr 3 días por semana durante 8 semanas seguidas» y seguir siendo un objetivo perfectamente válido.

No todos los objetivos tienen que ser de rendimiento

Corredor de espaldas en carretera con el mensaje: tu objetivo no es solo un tiempo, es tu evolución

Cuando se habla de objetivos de running, la mente suele ir directa a bajar una marca, completar una distancia nueva o prepararse para una carrera. Pero no es la única opción válida.

Recuperar una rutina de forma sostenida, dormir mejor gracias al ejercicio, reducir el estrés acumulado o, simplemente, disfrutar de tres salidas semanales sin más pretensión que esa, son objetivos igual de legítimos. De hecho, para muchas personas que retoman el running en esta época, un objetivo de salud sostenible en el tiempo tiene más sentido —y más probabilidades de mantenerse— que uno centrado únicamente en el rendimiento.

Ninguno de los dos enfoques es superior al otro. Lo que importa es que el objetivo elegido responda a lo que de verdad se busca al calzarse las zapatillas esta temporada.

Los 5 factores que conviene revisar antes de fijar el objetivo

Cuestionario de autoevaluación rápida para saber en qué punto estás antes de elegir tu próximo objetivo de running

Antes de decidir qué te vas a proponer esta temporada, vale la pena repasar estos cinco puntos. No son teoría: son los que determinan si un objetivo es realista o si está condenado a generar frustración.

1. Semanas de entrenamiento regular acumuladas. No es lo mismo llevar dos semanas retomando la actividad que llevar dos meses. El cuerpo necesita tiempo para adaptarse antes de poder exigirle más, y esa adaptación no se acelera por tener más ganas.

2. Lesiones o molestias recientes. Un objetivo ambicioso no debería construirse sobre una lesión a medio resolver. Si hay una molestia que aparece de forma recurrente, el primer objetivo real es resolverla, no superarla corriendo.

3. Tiempo real disponible a la semana. No el que gustaría tener, sino el que efectivamente existe entre el trabajo, la familia y el descanso. Un objetivo que exige más tiempo del que hay disponible se abandona, no se cumple.

4. Calidad del sueño y del descanso. El entrenamiento genera el estímulo, pero es durante el descanso cuando el cuerpo se adapta a él. Dormir poco o mal no solo afecta al rendimiento del día siguiente: retrasa la consecución de cualquier objetivo a medio plazo.

5. Salud general y medicación habitual. Este punto se suele pasar por alto y, sin embargo, es clave. Determinados tratamientos crónicos —anticoagulantes, antihipertensivos, corticoides o tratamientos hormonales, entre otros— pueden modificar la respuesta del cuerpo al esfuerzo o el tiempo de recuperación necesario entre sesiones. Esto no significa renunciar al objetivo, sino adaptarlo: ante la duda, conviene consultarlo con el farmacéutico o el médico antes de fijar la meta, no después de notar que algo no encaja.

El error más frecuente en esta época del año

Septiembre concentra un error muy característico: querer recuperar en cuatro semanas lo que se ha perdido en varios meses. Ya lo explicamos en Volver a entrenar: la capacidad física no se recupera al mismo ritmo al que se pierde, y forzar esa recuperación es una de las causas más habituales de lesión en esta época.

Este error tiene una consecuencia doble. Por un lado, aumenta el riesgo de sobrecarga o lesión. Por otro, genera una sensación de fracaso cuando el cuerpo, lógicamente, no responde al ritmo que se esperaba. El objetivo de esta temporada no tiene por qué ser «recuperar el nivel anterior cuanto antes». Puede ser, simplemente, construir una base sólida sobre la que avanzar sin sobresaltos.

Cómo convertir un deseo en un objetivo concreto

Infografía con los 5 pasos para definir tu objetivo de running y los niveles completar, realista y mejor escenario

«Quiero ponerme en forma» o «quiero volver a correr como antes» son deseos, no objetivos. Para convertir un deseo en algo que se pueda perseguir de verdad, es útil que la meta incluya cuatro elementos: qué se quiere conseguir exactamente, cuánto en cifras que se puedan medir (minutos, kilómetros, sesiones semanales), cuándo con una fecha o un plazo de referencia, y según qué punto de partida, teniendo en cuenta los cinco factores anteriores.

Por ejemplo: «quiero ponerme en forma» se puede convertir en «quiero correr 3 días por semana y llegar a noviembre completando 8 km de forma cómoda, partiendo de las 2 semanas que llevo entrenando ahora mismo». La diferencia no está en la ambición del objetivo, sino en que este segundo sí se puede seguir, medir y ajustar.

Ejemplos de objetivo según el punto de partida

No todos los objetivos realistas se parecen. Dependen de dónde se empieza.

Si nunca has corrido o llevas mucho tiempo sin hacerlo, el objetivo realista de esta temporada probablemente no debería ser una carrera, sino consolidar el hábito: 3 sesiones semanales sostenidas durante 6-8 semanas. Nuestra miniguía básica para principiantes puede servir de punto de partida.

Si has vuelto hace poco tras un parón, el objetivo lógico es recuperar la regularidad antes que la intensidad. El plan de entrenamiento de 12 semanas está pensado precisamente para esta progresión.

Si ya corres de forma habitual y quieres dar un paso más, el objetivo puede orientarse a mejorar resistencia, sumar kilómetros o preparar una prueba concreta, siempre que los cinco factores anteriores lo permitan.

Qué hacer si el objetivo deja de tener sentido a mitad de camino

Un objetivo no es un contrato inamovible. Si aparece una molestia, cambian las circunstancias personales o, simplemente, las sensaciones indican que el ritmo marcado no es sostenible, ajustar el objetivo no es un fracaso: es la forma correcta de gestionarlo.

Revisarlo cada 3-4 semanas, en lugar de esperar a que el cuerpo lo imponga por la fuerza, permite corregir a tiempo sin necesidad de parar del todo. Y si en algún momento flaquea la motivación, en nuestro artículo de frases de running encontrarás con qué recargar pilas. La motivación ayuda a empezar, pero es la revisión constante la que permite sostener el proceso durante toda la temporada.

Conclusión

Fijar un objetivo de running no consiste en elegir la meta más ambiciosa posible, sino la que mejor encaja con el punto en el que realmente se está. Revisar las semanas de entrenamiento acumuladas, el historial de lesiones, el tiempo disponible, el descanso y la salud general antes de decidir qué perseguir esta temporada es lo que marca la diferencia entre un objetivo que se sostiene y uno que se abandona a las pocas semanas.

¿Todavía no tienes claro cuál es tu punto de partida? Suscríbete a la newsletter de Farmarunning y recibe cada semana consejos de entrenamiento y salud pensados para runners reales, no para atletas de laboratorio.

Golpe de calor y medicación: los fármacos que aumentan el riesgo si corres

Golpe de calor y medicación: los fármacos que aumentan el riesgo si corres

Cuando pensamos en golpe de calor durante el running, solemos fijarnos en la hidratación, la hora de entrenamiento o la ropa técnica. Hay un factor que se nos escapa con frecuencia y que, como farmacéutica, veo repetirse en consulta: la medicación que tomamos a diario también puede alterar nuestra capacidad de regular la temperatura corporal.

¿Por qué algunos fármacos aumentan el riesgo de golpe de calor?

El cuerpo se enfría principalmente mediante el sudor y la vasodilatación cutánea (el flujo de sangre hacia la piel para liberar calor). Cualquier fármaco que interfiera en alguno de estos dos mecanismos —o que altere el equilibrio de líquidos y electrolitos— reduce nuestro margen de seguridad frente al calor. Y ese margen se estrecha todavía más cuando se le suma el esfuerzo físico de correr.

Fármacos a vigilar si entrenas con calor

  • Diuréticos. Favorecen la pérdida de líquidos y electrolitos, justo lo que necesitamos conservar para sudar de forma eficaz.
  • Anticolinérgicos y antihistamínicos de primera generación. Reducen la sudoración, uno de los mecanismos de defensa más importantes frente al calor.
  • Antipsicóticos. Además de su efecto anticolinérgico en muchos casos, pueden interferir directamente en el centro de regulación de la temperatura del cerebro.
  • Betabloqueantes. Limitan la vasodilatación cutánea y la respuesta cardíaca necesaria para disipar calor.
  • Estimulantes (incluidos algunos descongestivos y ciertos pre-entrenos). Aumentan la producción de calor metabólico y pueden provocar vasoconstricción.
  • ISRS y otros antidepresivos. El riesgo es menor en uso habitual, pero aumenta si se combinan con otros fármacos serotoninérgicos.

Esta lista no es exhaustiva, ni significa que debas dejar de correr si tomas alguno de estos medicamentos. Significa que conviene extremar precauciones.

¿Tengo que dejar de correr si tomo alguno de estos medicamentos?

No necesariamente. Tomar alguno de estos medicamentos no significa que tengas que dejar de correr. Pero sí puede ser necesario adaptar tu entrenamiento cuando hace calor y conocer cómo puede afectar tu tratamiento a la capacidad de tu organismo para regular la temperatura.

El riesgo depende del medicamento concreto, la dosis, el motivo por el que lo tomas, tu estado de salud, la intensidad del ejercicio y, especialmente, de las condiciones ambientales: temperatura, humedad y duración del entrenamiento.

Si tomas medicación de forma habitual y vas a correr con temperaturas elevadas, consulta con tu médico o farmacéutico si tu tratamiento puede aumentar tu sensibilidad al calor. En muchos casos, unas sencillas medidas de prevención pueden permitirte continuar haciendo ejercicio con seguridad.

Evita, especialmente durante una ola de calor, entrenar en las horas de mayor temperatura. Reduce la intensidad si notas que el esfuerzo habitual se hace más difícil de lo normal y presta atención a síntomas como debilidad, mareo, dolor de cabeza, náuseas, confusión o desorientación.

Y algo fundamental: nunca suspendas, reduzcas ni cambies la dosis de un medicamento por tu cuenta para poder correr con calor. Si un tratamiento puede aumentar el riesgo de problemas relacionados con las altas temperaturas, será un profesional sanitario quien valore si es necesario realizar algún ajuste.

Porque correr y tomar medicación no tienen por qué ser incompatibles. La clave está en conocer el tratamiento, respetar las señales de tu cuerpo y adaptar el entrenamiento a las condiciones de cada día.

Qué hacer si corres y tomas medicación

  • Consulta con tu farmacéutico si tu tratamiento puede afectar a la termorregulación; es una pregunta que agradecemos que nos hagáis.
  • Hidrátate de forma proactiva, no solo cuando tengas sed.
  • Aprende a reconocer los síntomas de alarma: confusión, piel caliente y seca, ausencia de sudoración, mareo intenso. Ante cualquiera de ellos, para y busca ayuda.

Relacionado

Este riesgo no es exclusivo de los runners. Los pacientes crónicos y polimedicados —muchos de ellos usuarios de sistemas de dosificación personalizada como los de Fagor Healthcare— comparten el mismo problema de fondo: fármacos que alteran la termorregulación, en un cuerpo que ya de por sí tolera peor el calor. Si te interesa esa otra cara de la moneda, puedes leer más en su blog: golpe de calor en las personas mayores,  como prevenirlo y que papel juega la medicacion

 

 

 

 

VOLVER A ENTRENAR

Volver a entrenar después de un parón: la guía completa para retomar el running sin lesionarte

Persona retomando el running en un parque tras un parón de entrenamiento

Llevas dos semanas, dos meses o puede que medio año sin calzarte las zapatillas. Puede haber sido por unas vacaciones, una lesión, un embarazo, un trabajo que te ha comido las tardes o, simplemente, porque la vida se puso en medio. Sea cual sea el motivo, ahora estás decidido a volver a entrenar… y aquí es donde, desde la farmacia, vemos llegar a dos perfiles muy distintos: quien retoma con cabeza y va sumando semanas sin sobresaltos, y quien quiere recuperar en la primera sesión el nivel que tardó meses en construir — y acaba con una tendinitis, una sobrecarga o el ánimo por los suelos.

La buena noticia es que tu cuerpo recuerda más de lo que crees. La menos buena es que necesita que se lo pongas fácil. En esta guía repasamos qué le pasa exactamente a tu forma física cuando dejas de entrenar, cuándo conviene pasar antes por el médico, cómo plantear tu vuelta según tu caso concreto y qué errores evitar para que esta vez la vuelta se quede.

(Si nunca has corrido y quieres empezar desde cero, esta guía no es exactamente para ti: te interesa más nuestra miniguía para quienes empiezan desde cero. Esta es para quien ya corría y necesita retomarlo.)

¿Cuánto tardas en perder la forma física?

 

Menos de lo que te gustaría, pero más despacio de lo que temes. La pérdida de forma física —lo que en fisiología del ejercicio se llama desentrenamiento— no ocurre de golpe, sino en fases:

  • Las dos primeras semanas apenas se notan. El sistema cardiovascular aguanta bien y la fuerza no se resiente todavía.
  • Entre la 3ª y la 4ª semana empieza a notarse de verdad: el consumo máximo de oxígeno (VO2 máx), es decir tu capacidad aeróbica, puede caer en torno a un 7%. Es el motivo por el que un rodaje que antes te parecía tranquilo ahora se te hace cuesta arriba.
  • Entre el primer y el segundo mes la pérdida se acentúa —hasta un 16% de VO2 máx en algunas revisiones— aunque la fuerza y la resistencia muscular aguantan mejor que el fondo cardiovascular.
  • A partir de los 3 meses la pérdida ya es notable, pero aquí entra en juego la memoria muscular: tu cuerpo recupera las ganancias pasadas más rápido que si partieras de cero, aunque hayan pasado meses desde tu última sesión.

Si quieres profundizar en la fisiología de este proceso, Grupo Sobre Entrenamiento recoge en una revisión de referencia cómo evoluciona la pérdida de adaptaciones fisiológicas al interrumpir el entrenamiento. Quédate con la idea principal: no necesitas empezar de cero salvo que el parón haya sido muy largo, pero sí necesitas respetar una progresión.

¿Necesitas el visto bueno médico antes de calzarte las zapatillas?

Antes de retomar, conviene hacer una pausa y valorar tu caso con sinceridad. El running es un deporte de impacto que exige a articulaciones, columna y sistema cardiorrespiratorio, así que no está de más un chequeo previo si el parón ha sido largo o si arrastras algún factor de riesgo.

Chequeo médico-deportivo antes de retomar el running tras un parón

Como norma general, consulta con tu médico o tu farmacéutico de confianza antes de empezar si llevas más de 3 meses sin entrenar, si convives con una cardiopatía, diabetes o artritis, si el parón fue por una lesión que no diste por completamente resuelta, si notas dolor torácico, mareo o falta de aire desproporcionada al esfuerzo, o si tienes más de 50 años y vienes de una etapa muy sedentaria. Ninguna de estas situaciones significa que no puedas volver a correr: significa que conviene hacerlo con un profesional vigilando el proceso, no que tengas que renunciar.

Los factores que determinan cómo debes volver

No hay una única forma correcta de retomar el running: depende de tu caso. Cuatro factores marcan la diferencia:

  • La duración de tu parón. No es lo mismo un mes que un año.
  • Tu edad. La recuperación de la capacidad de trabajo y la tolerancia a la carga varían con los años.
  • Tu forma física antes de parar. Quien corría maratones parte de una base distinta a quien salía a trotar ocasionalmente.
  • El motivo del parón. Y este es el que más cambia el plan: si paraste por una lesión, tu prioridad son los ejercicios específicos de estiramiento y fortalecimiento de la zona afectada, para evitar que se repita o que aparezcan compensaciones en tendones, músculos o articulaciones. Si paraste por otras causas (trabajo, viaje, falta de tiempo, desmotivación), lo ideal es iniciarte en ejercicio aeróbico de baja intensidad combinado con fortalecimiento general, terminando siempre con estiramientos.

El error más habitual en este punto es tener en la cabeza el nivel de antes del parón y querer alcanzarlo más rápido de lo razonable. Eso es precisamente lo que hace que la vuelta salga mal.

Tu plan de reincorporación progresiva

Progresión de caminar y trotar para volver a correr después de un parón

Si tu parón ha sido de varias semanas o más, alternar caminar y trotar es, con diferencia, la forma más segura de retomar. Un esquema sencillo: un minuto trotando, dos caminando, durante 20-25 minutos, tres veces por semana, alargando cada semana un poco los tramos de carrera. El truco para saber si vas al ritmo correcto sigue siendo el mismo que para quien empieza de cero: si puedes mantener una conversación mientras trotas, vas bien.

Si prefieres seguir una progresión ya estructurada en lugar de improvisar semana a semana, tenemos un plan de entrenamiento de 12 semanas para empezar a correr que también funciona muy bien como esquema de reincorporación, ajustando la intensidad de partida a tu nivel real y no al de antes del parón.

Y aprovecha este momento para revisar algo que solemos pasar por alto: el estado de tus zapatillas. Si llevan meses paradas en el armario, no solo pueden haber perdido amortiguación — es buen momento para comprobar si siguen siendo las adecuadas para tu pisada, sobre todo si el parón vino acompañado de un cambio de peso, de una lesión o simplemente de unos cuantos años. Un cuaderno de entrenamiento sencillo también ayuda mucho en esta fase: llevar el registro de cómo te sientes semana a semana es lo que te permite frenar a tiempo en vez de descubrir la sobrecarga cuando ya está instalada.

Si entrenas habitualmente con un entrenador o preparador físico, este es buen momento para comentarle cómo vas a plantear estas primeras semanas: una mirada externa ayuda a no acelerar la progresión más de la cuenta.

Alimentación, hidratación y sueño en tu vuelta

Hidratación y descanso después de retomar el entrenamiento de running

Al retomar la actividad aumenta el gasto calórico, así que conviene ajustar la ingesta de forma equilibrada: un tercio de hidratos, un tercio de proteína y un tercio de verdura es una buena regla mental para no complicarte. No te saltes comidas ni te obsesiones si algún día no comes exactamente así — el equilibrio se construye en semanas, no en una tarde.

La hidratación merece una mención aparte en esta fase: tu cuerpo vuelve a acostumbrarse a sudar y a regular temperatura, así que bebe antes, durante (si la sesión supera los 45-60 minutos) y después de entrenar. Si retomas en plena ola de calor o entrenas a última hora, una bebida con electrolitos ayuda a reponer lo que se pierde con el sudor y reduce el riesgo de calambres en estas primeras semanas, cuando el cuerpo todavía no está aclimatado al esfuerzo.

Y no subestimes el sueño: es, literalmente, cuando tu cuerpo repara el tejido muscular y consolida la adaptación al nuevo estímulo. Entrenar todos los días desde la primera semana de vuelta, sin dormir lo suficiente entre sesión y sesión, no acelera el progreso — lo frena, y es una de las causas más habituales de lesión en quien retoma con muchas ganas.

Señales de que te has pasado con la vuelta

Una cosa son las agujetas normales de las primeras sesiones, y otra muy distinta las señales de que estás forzando más de lo que tu cuerpo puede asumir todavía. Presta atención si aparece dolor que no cede con el descanso (a diferencia de la molestia muscular puntual, que sí mejora), calambres frecuentes durante o después de entrenar, fatiga que no remite entre sesiones, insomnio a pesar del cansancio físico, o una caída notable de la motivación de un día para otro. Si te suena alguna de estas señales, no es momento de apretar los dientes: es momento de bajar el ritmo dos o tres sesiones, revisar tu hidratación y tu descanso, y solo retomar la progresión cuando las molestias hayan desaparecido del todo. Si los calambres musculares se repiten con frecuencia, merece la pena revisar también tu hidratación y tu aporte de electrolitos, no solo el volumen de entrenamiento.

Los errores más frecuentes al volver a entrenar

  • Querer recuperar en la primera o segunda semana el nivel que tenías antes del parón.
  • Saltarte el calentamiento o los estiramientos «porque total, es solo un rodaje suave».
  • Ignorar un dolor que persiste «porque ya se pasará» en vez de pararlo a tiempo.
  • Compararte con tu ritmo de antes del parón, o con el de otra persona que no ha parado.
  • Entrenar todos los días desde el minuto uno, sin dejar margen para dormir e hidratarte bien.

Vuelve, pero vuelve para quedarte

Volver a entrenar no es una cuestión de fuerza de voluntad de un solo día: es la suma de decisiones pequeñas en cada sesión. El chequeo que sí te haces, la progresión que respetas aunque tengas prisa por recuperar tu nivel, las zapatillas que revisas antes de la primera salida. Guarda esta guía para consultarla en tu primera quincena de vuelta, y si quieres que te avisemos cada vez que publiquemos contenido como este, suscríbete a nuestra newsletter — sin spam, solo lo que de verdad te sirve para entrenar con cabeza.

Y si sigues en Instagram, @miriam_farmarunning: esta semana seguimos con el carrusel y los detalles que no caben en el artículo.

100 FRASES DE MOTIVACION RUNNING

Hay días en los que no hace falta un argumento científico para salir a correr. Hace falta una frase que te recuerde por qué empezaste. Desde la farmacia sabemos que sostener cualquier hábito de salud —tomar la medicación a su hora, completar la rehabilitación, o entrenar aunque no te apetezca— depende menos de la fuerza de voluntad de un día suelto y más de tener pequeños recordatorios a los que agarrarte cuando la motivación flaquea. Por eso hemos escrito 100 frases de running propias de farmarunning, organizadas en 10 bloques, pensadas para quien empieza, para quien lleva años y para quien solo necesita un empujón antes de atarse las zapatillas.

Para empezar

Primeros pasos de una persona empezando a correr en un camino al aire libre

  1. El primer kilómetro nunca es sobre velocidad, es sobre valentía.
  2. No hace falta un título para empezar a correr, solo hace falta salir por la puerta.
  3. Todas las grandes rachas empezaron con una sola vez que casi no sales.
  4. Empezar despacio también es empezar.
  5. Tu versión de dentro de un año te lo va a agradecer, no la de esta tarde.
  6. No necesitas sentirte preparada del todo, solo necesitas atarte las zapatillas.
  7. El primer día no se corre contra nadie, ni siquiera contra ti.
  8. Da igual el ritmo con el que empieces, lo que importa es que no dejes de empezar.
  9. Quien más sabe de running también dudó, un día, en la puerta de casa.
  10. Lo difícil no es correr, es decidir salir. Lo demás viene solo.

¿Estás pensando en empezar a correr? En Farmarunning te contamos cómo hacerlo de forma progresiva y sin convertir las primeras semanas en una carrera contra tu propio cuerpo.

Para los días difíciles

Mujer corriendo bajo la lluvia como símbolo de constancia en los días difíciles

  1. Hay días en los que ganar es simplemente haber salido.
  2.  Cuando no te apetezca, sal igualmente diez minutos. Si sigues sin ganas, vuelve a casa. Casi nunca vuelves.
  3. El mal día de hoy no cancela el buen hábito de mañana.
  4. No todos los entrenamientos tienen que ser buenos. Algunos solo tienen que existir.
  5. Correr con pereza también cuenta. Correr con lluvia también cuenta. Correr sin ganas también cuenta.
  6. El sofá siempre estará ahí. Este momento de correr, no.
  7. A veces la victoria es no negociar contigo a las siete de la mañana.
  8. Un mal kilómetro no borra los buenos que vinieron antes.
  9. No se trata de tener ganas cada día, se trata de no depender de tenerlas.
  10. Hoy no hace falta motivación. Hace falta ponerte las zapatillas y dejar que el cuerpo haga el resto.

Si necesitas más motivación para no rendirte en un mal día, aquí tienes otro empujón.

Para entender mejor por qué cuesta tanto mantener un hábito, te proponemos un libro sobre psicología del corredor que explica la parte mental que ninguna frase resume del todo.

Sobre la constancia y el hábito

Corredora sonriendo con satisfacción tras mantener su hábito de entrenamiento

 

  1. La constancia no es intensidad, es repetición.
  2. No busques la carrera perfecta, busca la semana que no falla.
  3. Un hábito no se rompe por un mal día, se rompe por dejar de intentarlo al día siguiente.
  4. Correr tres veces por semana durante un año pesa más que correr todos los días durante una.
  5. El progreso no se ve entrenamiento a entrenamiento. Se ve mes a mes.
  6. Lo que repites en silencio te construye más que lo que logras en público.
  7. No necesitas disciplina de acero, necesitas un calendario y ganas de no fallarte.
  8. Cada semana que repites, tu cuerpo deja de preguntarte si de verdad vas a salir.
  9. El hábito no pregunta cómo te sientes. Simplemente te lleva a la puerta.
  10. Se corre con las piernas, pero se sigue corriendo con la costumbre.

Sobre el esfuerzo y el dolor

Corredora con los ojos cerrados disfrutando de un momento de calma tras el esfuerzo

  1. El cansancio del kilómetro ocho no miente, pero tampoco decide por ti.
  2. Hay diferencia entre el dolor que avisa y el esfuerzo que construye. Aprende a distinguirlos.
  3. No todo lo que cuesta hace daño. Y no todo lo que no duele es fácil.
  4. El esfuerzo de hoy no se nota hoy. Se nota dentro de tres meses.
  5. Correr cuesta arriba enseña más que correr cuesta abajo.
  6. Cuando el cuerpo pide parar y la cabeza pide seguir, escucha primero al cuerpo. Siempre.
  7. La incomodidad de entrenar es temporal. La de no haberlo intentado, no.
  8. No hace falta sufrir para mejorar. Hace falta ser constante y saber cuándo parar.
  9. El esfuerzo bien dosificado no te rompe, te construye.
  10. Cada minuto incómodo que aguantas corriendo es un minuto que ya no te asusta tanto la próxima vez.

Si te ayuda a visualizarlos, apunta tus metas en una libreta de entrenamiento donde apuntar tus objetivos — verlas escritas suele sostener la motivación más que cualquier frase

Sobre las metas y los objetivos

Reloj deportivo mostrando la frecuencia cardíaca durante un entrenamiento de running

  1. Una meta sin fecha es solo una idea bonita.
  2. No corras por llegar antes, corre por llegar mejor.
  3. Ponte metas que te den un poco de miedo y bastante ilusión.
  4. El objetivo no es correr más rápido que nadie, es correr más lejos de donde empezaste.
  5. Divide la meta grande en semanas pequeñas. Las semanas pequeñas dan menos miedo.
  6. No necesitas una maratón para tener una meta. A veces la meta son 20 minutos seguidos.
  7. Cuanto más concreta la meta, menos sitio le dejas a la excusa.
  8. Cada objetivo cumplido, por pequeño que sea, es la prueba de que puedes con el siguiente.
  9. No compares tu meta con la de otra persona. Las metas no se prestan, se construyen.
  10. Ponte una meta que puedas repetir en un mal día y sigas queriendo cumplir en uno bueno.

Sobre disfrutar el proceso

Silueta de un corredor al atardecer en un paseo marítimo

  1. No todo entrenamiento tiene que doler para valer la pena.
  2. Hay carreras que se corren con el cronómetro y otras que se corren con la mirada. Aprende a diferenciarlas.
  3. El running también es esto: el aire frío de las siete de la mañana antes de que el mundo despierte.
  4. No siempre hace falta mejorar la marca. A veces basta con disfrutar el camino.
  5. Correr también es una forma de estar contigo, sin pantallas de por medio.
  6. El mejor ritmo es el que te permite seguir sonriendo al final.
  7. No corras solo para llegar. Corre también para estar.
  8. Hay días de entrenar fuerte y días de entrenar despacio. Ambos suman.
  9. El paisaje que ves corriendo no lo ves desde ningún otro sitio.
  10. Disfrutar el proceso es la única meta que no se puede perder.

Y si tu horario es complicado, recuerda que no existe una única hora perfecta para correr. En Farmarunning también hablamos de correr de noche y de cómo hacerlo con seguridad.

Si la música forma parte de tus entrenamientos, unos auriculares deportivos cómodos y resistentes al sudor pueden acompañarte durante tus kilómetros.

Sobre escuchar al cuerpo

  1. Tu cuerpo no habla el idioma de las excusas, habla el idioma de las señales. Aprende a escucharlo.
  2. El descanso no es lo contrario de entrenar, es parte del entrenamiento.
  3. Una molestia que se repite no se ignora, se valora.

Correr de forma constante también significa saber cuándo una molestia deja de ser una simple incomodidad. Si quieres profundizar en este tema, puedes consultar nuestra guía sobre lesiones habituales del running.

4. Hidratarte no es opcional, es la mitad del entrenamiento que no se ve.

5. Dormir bien mejora tu marca más que cualquier zapatilla.

6. El cuerpo que escuchas hoy es el que te va a permitir seguir corriendo dentro de diez años.

7. No hay entrenamiento que compense una mala recuperación sostenida en el tiempo.

8. Estirar cinco minutos no es perder el tiempo, es invertirlo.

9. El mejor entrenamiento es el que puedes repetir sin lesionarte.

0. Cuidar el cuerpo no te hace correr menos, te permite correr durante más años.

Sobre la comunidad

Grupo de corredores entrenando juntos y sonriendo durante la carrera

  1. Entrenar en solitario enseña disciplina. Entrenar en compañía enseña a no rendirte delante de alguien.
  2. Un grupo de running no corre por ti, pero te hace más difícil quedarte en el sofá.
  3. Compartir kilómetros con alguien convierte el esfuerzo en conversación.
  4. No hay línea de meta que sepa mejor que la que cruzas con alguien esperándote.
  5. Anímate a correr con otras personas alguna vez. Puede que sea justo lo que te faltaba.
  6. El running individual y el de grupo no compiten entre sí, se complementan.
  7. Contarle a alguien que vas a salir a correr mañana ya es medio compromiso cumplido.
  8. Hay motivación que se genera sola, y motivación que se contagia. Rodéate de la segunda.
  9. Celebrar el progreso de otra persona no te resta el tuyo, lo multiplica.
  10. Entrenar con alguien en quien confías vale más que cualquier reloj con GPS.

Ver el progreso en números también ayuda: una banda de frecuencia cardíaca básica te deja comprobar, semana a semana, que el cuerpo de antes ya no es el de ahora

Sobre la superación personal

  1. No compitas contra quien corre más rápido que tú. Compite contra quien eras el mes pasado.
  2. Cada persona que empieza a correr se sorprende de lo lejos que puede llegar sin darse cuenta.
  3. El límite que crees tener casi nunca es el límite real.
  4. No se trata de correr sin miedo, se trata de correr aunque lo tengas.
  5. Superarte no significa ir siempre más rápido. A veces significa simplemente no dejarlo.
  6. La versión de ti que dudaba en la línea de salida ya no existe cuando cruzas la meta.
  7. Cada vez que decides salir a pesar de todo, te demuestras algo que ya no se te olvida.
  8. No hay marca personal que valga tanto como la de haber empezado.
  9. Superarse no es una meta, es una costumbre que se practica cada semana.
  10. El running te enseña que puedes más de lo que pensabas, aunque tardes un poco en creértelo.

Para después de una meta cumplida

Corredora cruzando la línea de meta con los brazos en alto celebrando su logro

  1. Cruzar la meta no es el final, es la prueba de que el proceso funcionó.
  2. Cada carrera terminada es un mensaje para la próxima: sí puedes.
  3. No midas el logro solo en el tiempo de la carrera. Mídelo también en las semanas que no fallaste.
  4. Cuando termines, no te preguntes solo qué marca hiciste. Pregúntate qué aprendiste por el camino.
  5. El aplauso al cruzar la meta dura un segundo. La disciplina que te llevó ahí dura meses.
  6. Guarda este momento. Lo vas a necesitar en el próximo entrenamiento difícil.
  7. Nadie ve los entrenamientos de las seis de la mañana. Todos ven la meta. Tú sabes lo que hay detrás.
  8. Después de cada meta cumplida viene una pregunta mejor: ¿y ahora qué más soy capaz de hacer?
  9. El descanso después de una meta también se ha ganado. Disfrútalo sin culpa.
  10. Hoy cruzas una meta. Mañana empieza otra vez el mismo camino que te trajo hasta aquí.

Ninguna frase sustituye al hábito, pero puede ser el empujón que te falta en el momento exacto. Guarda esta página y vuelve a ella el día que más te cueste salir por la puerta. Y si quieres dar el paso de verdad —no solo leerlo—, en nuestra guía para empezar a correr sin lesionarte tienes todo lo necesario para convertir estas frases en kilómetros reales.

Cómo empezar a correr sin lesionarte: guía para principiantes

Persona principiante empezando a correr en un parque urbano al amanecer

Te has decidido: quieres empezar a correr. Puede que sea el consejo de tu médico, un propósito que llevas tiempo posponiendo o simplemente las ganas de moverte más. Sea cual sea el motivo, desde la farmacia vemos cada semana a personas que arrancan con muchísimas ganas… y a otras que abandonan a las tres semanas por una tendinitis, una rozadura mal cuidada o el desánimo de no ver resultados. La diferencia casi nunca está en la genética ni en la fuerza de voluntad. Está en cómo se empieza a correr.

Esta guía reúne lo que, como farmacéutica especializada en salud deportiva, recomendamos a cualquier persona que quiere iniciarse en el running sin hacerse daño por el camino: qué revisar antes de atarte las zapatillas, cómo progresar sin lesionarte, qué necesitas de verdad (y qué no) y cómo convertir esto en un hábito que dure más que la motivación del primer día.

Antes de calzarte las zapatillas: el chequeo que no deberías saltarte

Hay un paso que mucha gente se salta al empezar a correr y que desde la farmacia insistimos en recordar: pasar un chequeo médico-deportivo. No hace falta que sea nada exhaustivo si eres joven, estás sano y ya llevas una vida activa. Pero se vuelve especialmente recomendable si tienes más de 30-35 años sin entrenamiento previo, eres fumador o exfumador, tienes sobrepeso, o convives con alguna enfermedad crónica, lesión previa mal resuelta o antecedentes cardiovasculares en la familia.

Una valoración básica suele incluir historia clínica, exploración y, si el profesional lo considera oportuno, un electrocardiograma o una prueba de esfuerzo. Son unos minutos de tu tiempo que pueden evitarte un disgusto serio más adelante, y de paso te dan una foto real de tu punto de partida. Ampliamos todo esto en nuestro artículo sobre qué revisar antes de empezar con el running.

Chequeo médico-deportivo antes de empezar a correr

La clave para empezar a correr sin lesionarte: la progresividad

Aquí está, probablemente, el consejo más importante de todo este artículo: empezar a correr no es una cuestión de fuerza de voluntad, es una cuestión de progresividad. El error número uno de quien se inicia es querer correr como si llevara años haciéndolo. El sistema cardiovascular se adapta relativamente rápido, pero tendones, ligamentos y articulaciones necesitan más tiempo para fortalecerse. Así que, aunque sientas que «podrías más», tus rodillas y tobillos van a otro ritmo, y son ellos los que suelen pasar factura si no se respeta.

Respeta también el principio de individualidad: lo que le funciona a tu compañera de trabajo, a tu pareja o a la persona que sigues en redes sociales no tiene por qué ser tu punto de partida. Tu velocidad de adaptación depende de tu edad, tu estado físico previo, tu salud general y hasta de cuánto descansas entre sesiones. Comparar tu semana 1 con la semana 20 de otra persona es la receta perfecta para una lesión de sobrecarga. Si quieres profundizar en las lesiones más frecuentes de quienes empiezan, tenemos un artículo dedicado que te interesa revisar.

Tu plan para las primeras semanas

Si nunca has corrido, el método más seguro —y el que más recomendamos— es alternar caminar y trotar. Un esquema sencillo para arrancar: un minuto trotando, dos minutos caminando, repetido durante 20-25 minutos, tres veces por semana, con al menos un día de descanso entre sesión y sesión. Cada semana vas alargando ligeramente los tramos de carrera y acortando los de caminata. No hay prisa: es mejor tardar seis semanas en correr 20 minutos seguidos sin molestias que conseguirlo en dos y pasar el mes siguiente de baja deportiva.

Si prefieres seguir una progresión ya estructurada semana a semana en lugar de improvisar, tenemos un plan de entrenamiento de 12 semanas para empezar a correr pensado exactamente para este momento.

¿A qué ritmo debo correr al principio?

Una duda muy habitual. La respuesta corta: más despacio de lo que crees. El truco más fiable y menos técnico es el test del habla: si puedes mantener una conversación mientras corres sin quedarte sin aire cada dos frases, vas a un ritmo adecuado para esta fase. Si solo puedes soltar palabras sueltas, has salido demasiado rápido. Ir «sobrado» de ritmo en las primeras semanas no es hacer trampa: es la forma más eficaz de seguir corriendo dentro de tres meses.

El equipo mínimo: qué necesitas (y qué no) para empezar

Selección de zapatillas de running adecuadas para principiantes

No necesitas maillot técnico de última generación ni el reloj más caro del mercado para dar tus primeros pasos. Pero hay algo en lo que sí merece la pena invertir desde el primer día: unas zapatillas de running adecuadas a tu pisada. Una mala elección aquí es una de las causas más frecuentes de las lesiones que vemos en la farmacia —fascitis plantar, periostitis, dolor femoropatelar—. Si puedes, pásate por una tienda especializada donde valoren tu pisada antes de comprar, en lugar de guiarte solo por el diseño o el precio.

Los calcetines técnicos, sin costuras y que gestionan bien la humedad, son otra inversión pequeña que te libra de las ampollas del primer mes: parece un detalle menor, pero es de los motivos más tontos por los que alguien deja de correr en la semana dos. El resto —ropa transpirable, gorra, reloj deportivo con GPS— puede esperar a que confirmes que esto te engancha.

Hidratación, estiramientos y la recuperación que se suele olvidar

Con el ejercicio aumenta la temperatura corporal y el cuerpo se refrigera sudando, lo que implica una pérdida de agua y electrolitos que hay que reponer. Bebe agua antes de salir a correr, y si tu sesión supera los 45-60 minutos, también durante el entrenamiento. Después, no esperes a tener sed para beber: cuando aparece la sed, ya vas tarde en la reposición. Consulta nuestra guía de hidratación para corredores si quieres entrar en detalle según duración e intensidad.

Estiramientos e hidratación después de correr

Los estiramientos, tanto antes como después de correr, tampoco son opcionales. Ganar flexibilidad ayuda a correr con mejor técnica y reduce el riesgo de sobrecargas musculares. No hace falta media hora: cinco o diez minutos dedicados a gemelos, isquiotibiales, cuádriceps y cadera ya marcan la diferencia con el paso de las semanas. Y no olvides el descanso entre sesiones: es, literalmente, cuando el cuerpo repara y se fortalece. Entrenar todos los días desde el minuto uno no acelera el progreso, lo frena.

¿Sola, solo o en grupo? Encuentra tu manera de entrenar

Correr en grupo tiene un efecto que muchas veces se subestima: cuesta más poner excusas cuando hay alguien esperándote en la puerta. Además, entrenar acompañada suele ayudar a mantener la constancia y a que la sensación de esfuerzo se perciba algo menor. Si por el contrario prefieres tu propio ritmo, tus auriculares y el silencio de la carretera, correr en solitario es perfectamente válido. No hay una opción «más seria» que otra: lo importante es elegir el formato que te haga volver a salir la semana que viene. Si te apetece explorar la opción social, aquí tienes más sobre cómo entrenar en grupo.

Los errores más comunes al empezar a correr

  • Aumentar distancia o ritmo demasiado rápido, sin respetar las semanas de adaptación que necesita el cuerpo.
  • Ignorar el dolor «porque ya se pasará»: una molestia puntual es normal, pero una que persiste o empeora merece parar y valorarla, no aguantar por orgullo.
  • Salir con el calzado equivocado o unas zapatillas ya muy desgastadas (a partir de los 600-800 km pierden buena parte de su amortiguación).
  • Saltarte el calentamiento o los estiramientos por falta de tiempo, justo los días que más falta hacen.
  • Compararte con el ritmo o los kilómetros de otras personas en lugar de medir tu propia evolución semana a semana.

La motivación no es un estado de ánimo, es un hábito

La motivación del primer día es fácil. La de la semana seis, con lluvia y después de una jornada complicada en el trabajo, ya no tanto. Por eso no conviene depender solo de las ganas: ayuda tener un horario fijo (aunque sean 20 minutos), marcarte objetivos pequeños y alcanzables, y llevar un registro —aunque sea mental— de cómo vas progresando semana a semana. Cumplir metas pequeñas genera la confianza que necesitas para seguir, sin caer en el extremo contrario de obsesionarte con los datos o forzar el cuerpo más de lo que te está pidiendo.

Y conviene no perder de vista el motivo de fondo: mejor forma cardiovascular, más energía en el día a día y, sí, también un efecto positivo comprobado sobre el estado de ánimo. No es casualidad ni motivación de frase bonita: el ejercicio regular participa en la regulación de neurotransmisores implicados en el bienestar emocional. Cada sesión que completas, por corta que sea, ya está haciendo ese trabajo.

Empieza esta semana, con cabeza

Empezar a correr no depende de la fuerza de voluntad de un solo día: depende de las decisiones pequeñas que tomas cada semana. El chequeo que sí haces, la progresión que respetas aunque tengas prisa, las zapatillas que eliges bien desde el principio. Guarda esta guía para consultarla en tu primera semana de entrenamiento, y si quieres seguir recibiendo consejos de salud deportiva pensados para quien empieza desde cero, suscríbete a nuestra newsletter: cada semana, directamente en tu correo, sin spam.